La Historia que Inspiró «El Niño de la Bola»



Reseña de El Niño de la Bola

 Aunque el «Niño de la bola» no es más que un ícono católico que pretende representar al infante Jesús con el mundo en sus manos dominado por el cristianismo, desempeña una influencia muy determinante en la vida y comunidad del personaje principal de la novela con el mismo nombre, escrita por Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891).

 Por cierto que El niño de la bola es una muy interesante obra de ese destacado novelista español que amalgamó en ella elementos del romanticismo, el costumbrismo y el realismo, en un relato de un amor imposible que sirve de excusa para abordar otros temas de la sociedad de la época.

 El Niño de la bola (1880) relata la historia de Manuel Vega, quien siendo huérfano de madre, también pierde a su padre a la temprana edad de diez años, cuando don Rodrigo Vanegas muere dejando en el abandono y la miseria a su pequeño y único hijo. El motivo por el cual Manuel queda desposeído, a pesar de haber sido su padre dueño de extensas propiedades y en algún tiempo de recursos monetarios, es que el difunto estaba endeudado con un cruel e implacable usurero que no vaciló en apropiarse de todo, dejando al hijo del difunto sin nada. El fallecido Vega se había endeudado con el usurero apodado Caifás para financiar los costos de una tropa que bajo su mando combatió contra fuerzas invasoras en varias partes de España.

 Como hecho compensatorio a la mala fortuna de Manuel, el cura del pueblo, Trinidad Muley, que había sido muy amigo de su padre, lo adoptó llevándoselo a vivir con él al convento de la iglesia en que oficiaba. Este bondadoso sacerdote protegió al niño y le proporcionó educación.

 En la obra se hace notar que, debido al impacto psicológico de su terrible desgracia, Manuel pierde el habla por un largo periodo, y no la recobra sino hasta después de tres años. Durante este tiempo, su único soporte emocional, aparte del cuidado cariñoso que recibe del sacerdote y su empleada doméstica, es la contemplación prolongada y silenciosa de la imagen del santo patrono de la parroquia, la cual representa a Jesucristo siendo niño, con un globo terráqueo en una de sus manos, en el cual destaca una cruz, simbolizando el conjunto la redención del mundo por el Salvador.

 Por esta devoción casi fanática al ícono religioso apodaban a Manuel «el Niño de la Bola», mostrando en ciertos momentos algunos signos de un posible desajuste mental, mismos que prevalecen cuando se enamora de Soledad, hija del usurero Caifás, cuando alcanza la adolescencia.

 En una rifa que se celebraba cada año durante las fiestas patronales, Manuel apuesta todo lo que posee a cambio de bailar con la joven; pero el padre de ella lo impide elevando la suma a dos mil duros, y de paso acusando públicamente a Manuel de deberle un millón de reales que no había podido cobrarse cuando se apropió de los bienes de su difunto padre. Ignorante de este hecho, el joven promete ante toda la concurrencia que volverá algún día a pagar la deuda de su padre y a cumplir su deseo de bailar con Soledad, tras lo cual se marcha sin revelar a nadie su destino.

 Manuel regresa al pueblo después de pasados ocho años, encontrándose a Soledad casada con Antonio Arregui. En un arranque de furia, no extraño a su perfil psicológico, lo primero que piensa es matar a la pareja; pero desiste cuando el cura le convence con bien razonadas reflexiones de que lo mejor para todos es que abandone otra vez el pueblo.

 Cuando está en camino, recibe una carta de Soledad, en la cual le confiesa estar profundamente enamorada de él y le sugiere cómo tener un encuentro. Posesionado por la pasión y un tanto desquiciado, regresa al villorrio y se presenta cuando está llevándose a cabo la rifa anual. En esta ocasión ofrece cien mil duros por bailar con Soledad, lo cual nadie disputa y, en un acto único de su locura desmedida, lleva al drama de la obra a su más elevado clímax de trágico final.


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