Reseña de «Monsieur Lecoq», de Émile Gaboriau



 En el proceso de desarrollo de la novela policíaca o detectivesca, Monsieur Lecoq (1869) del escritor francés Émile Gaboriau (1832-1873) representa un punto muy importante por haber sido la primera narrativa enfocada enteramente en el trabajo investigativo de un detective dedicado a la solución de un crimen tras el cual hay mucho misterio. Si la capacidad deductiva de Zadiq en la obra de Voltaire así llamada sirvió como antecedente en la creación de Auguste Dupin en los cuentos de Edgar Allan Poe, del mismo modo muchos de los elementos del relato detectivesco más desarrollado de Arthur Conan Doyle e, incluso, el de los autores más recientes en este subgénero literario, tienen como antecedente Monsieur Lecoq.

 Ciertamente que para un lector actual la novela de Gaboriau podría parecer un tanto anticuada o desfasada, pero debe tenerse en mente que fue escrita hace 150 años. No obstante, sorprendentemente, la mayoría de las novelas policíacas en la actualidad todavía siguen el mismo patrón: Se comete un crimen, se siguen pistas, se perfila un sospechoso y crece la tensión hasta la solución final del misterio. De este modo, siguiendo una corazonada y usando variados disfraces, así como los consejos de Tabaret, Lecoq es capaz de desentrañar el crimen, que tiene a su base una larga historia de animosidad entre tres familias en la época posterior a Napoleón.

 Esta novela se publicó originalmente en dos volúmenes, desarrollándose en el primero el asesinato y la investigación, aunque el caso no llega a una conclusión completa y satisfactoria, lo cual se presenta en la segunda parte que proporciona al lector los antecedentes que explican el crimen, mismos que se remontan a 35 años antes.

 La historia de M. Lecog comienza con la comisión de un múltiple asesinato que, a primera vista, no era misterioso, sino solo una de esas tragedias aparentemente cotidianas que tienen lugar en los barrios bajos de París. Varios agentes policiales están haciendo su ronda en las afueras de la ciudad en una noche de invierno cuando escuchan gritos y disparos de pistola desde un antro de mala reputación, situado en un campo abierto en el que la nieve es densa. Los policías se apresuran a llegar al lugar, rodean la casa, fuerzan la puerta y ven, a la luz de unos troncos de pino en llamas en la chimenea, que se ha cometido un acto de violencia. Se han volcado mesas y sillas; dos hombres yacen tendidos muertos, mientras que un tercero ya está en las agonías de la muerte. Detrás de una mesa de roble se encuentra un hombre joven y robusto, empuñando un revólver; sus prendas rasgadas se asemejan a las de un mozo de tren, y al ser preguntado declara que disparó a las víctimas en defensa propia, porque lo atacaron desesperadamente creyéndolo un espía de la policía.

 A primera vista no hay nada improbable en esto, ya que su historia es creída por los agentes que lo arrestan, y especialmente por Gevrol, un oficial de policía de cierto rango. Sin embargo, el más joven de los detectives cuyo nombre es Lecoq, siente una vaga sospecha de que el prisionero no es lo que él mismo declara ser, y que debajo de este crimen se esconde una historia de peculiar misterio. Se sabe que dos mujeres estuvieron presentes, pero que escaparon. También hay en la mente de Lecoq indicios de que el prisionero, a pesar de su ropa corriente, no es una persona común; que es un hombre con educación, de gran habilidad natural, y quizás de rango; y finalmente que tuvo un cómplice masculino. Estas deducciones de Lecoq son descartadas por Gevrol; pero sin embargo el joven detective resuelve establecer su teoría y resolver el problema. A partir de ese momento comienza un conflicto de ingenio entre el sospechoso capturado, por un lado, y Lecoq por el otro, teniendo este último la simpatía y confianza del juez de instrucción. La escena del interrogatorio del prisionero por parte de este juez es de un interés emocionante, y proporciona una imagen vívida del funcionamiento de la ley francesa de la época en su suposición de que un prisionero es culpable a menos que demuestre su inocencia. La larga y escrutadora investigación en la que el juez interroga alternadamente al acusado y lo intimida, lo amenaza y lo tortura, con la esperanza de derribarlo y arrancarle una confesión completa, está escrita de manera brillante.

 El reo le cuenta al magistrado una historia perfectamente directa y, sin embargo, hay partes de esta que, tras un agudo escrutinio, muestra puntos débiles y contradicciones suficientes como para reforzar la sospecha de Lecoq que, sin embargo, está por el momento bastante desconcertado. Toda la evidencia externa que se puede encontrar curiosamente confirma la historia del prisionero. Lecoq se convence de que hay un astuto cómplice trabajando desde afuera, quien, de alguna manera misteriosa, está actuando como el segundo yo del prisionero. El acusado se mantiene en prisión; todas sus acciones son vigiladas; tanto de día como de noche. Se idean trucos extraordinarios para obligarlo a traicionarse a sí mismo, pero fallan por completo.

 Por fin, Lecog arregla las cosas para que el misterioso criminal pueda escapar. El plan del joven detective es seguirlo después de que haya escapado, y así descubrir quiénes son sus amigos y quién es él realmente. Se produce la fuga y el prisionero se abre paso por los laberintos más intrincados del París criminal, seguido de Lecoq, que lo persigue con agudeza de sabueso; pero al final de la larga cacería, el objeto de la misma desaparece inesperadamente sobre un alto muro que rodea los magníficos terrenos y la mansión del duque de Sairmeuse, uno de los miembros más nobles de la aristocracia francesa. Aunque Lecoq y la policía entran de inmediato en la mansión y registran todas las habitaciones, aparentemente su pájaro ha volado. Allí dentro de la gran casa se está celebrando un baile y una recepción, mas la búsqueda no revela rastros del criminal que huye; y Lecoq por el momento se confiesa derrotado, sufriendo en silencio las burlas de sus colegas, y especialmente de Gevrol, que se ha vuelto celoso de su capaz y entusiasta subordinado.

 Lecoq finalmente se va a la casa de un viejo comerciante jubilado, aficionado a la criminología y la detección. Esta persona, llamada Tabaret, pero conocida por la policía como Pére Tirauclair, se pasa la mayor parte del tiempo en cama a causa de la gota. Sin embargo, para su propia diversión, recopila todos los detalles de cada delito conspicuo y los estudia con intensa avidez, no como delitos, sino como problemas psicológicos. Dados todos los hechos, puede, mediante los procesos infalibles de la razón pura, separar lo falso de lo verdadero, lo irrelevante de lo esencial, e ir rápidamente al corazón de cualquier misterio. Es él quien le da a Lecog la pista sobre la identidad del prisionero fugado.


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