¿Te has preguntado alguna vez por qué los políticos son tan desvergonzados para mentir? Un reconocido psicólogo ha dilucidado seis razones por las que los elementos de la clase política, en distintos niveles, utilizan descaradamente la mentira para hacer avanzar sus proyectos.
Una de las mentiras más conocidas en el mundo de la política y de las relaciones internacionales fue la que se propaló durante la Administración del presidente estadounidense George Bush, quien fungiendo como corifeo, tuvo el acompañamiento de sus principales funcionarios aseverando que el régimen de Saddan Husein, en Irak, estaba en posesión de armas de destrucción masiva en el año 2003, a sabiendas de que era falso. Las consecuencias de esa falacia todo el mundo las conoce: La destrucción de ese país y cientos de miles de iraquíes muertos, así como muchísimos lisiados, centenares de miles de desplazados y el surgimiento de la organización terrorista más brutal que haya podido conocer la humanidad, la autodenominada Estado Islámico. Pero las mentiras de los políticos varían en proporción, frecuencia y resultados, dependiendo del fin que persiguen; aunque por supuesto, siempre es para su beneficio personal, sin importar cómo afecten al resto de las personas.
Otra falacia conocida es la que propaló el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, quien —valiéndose de su investidura de funcionario de un organismo internacional— aseguró que las elecciones en que había resultado reelecto el presidente Evo Morales , habían sido fraudulentas, contribuyendo con ello al desencadenamiento de acciones violentas en Bolivia, que culminaron con un golpe de Estado de la ultraderecha en 2019, lo que trajo como resultado varias personas muertas y heridas, muchos detenidos y exiliados. Después de semejante tragedia, quedó claro que el informe de la OEA, con respecto a esas elecciones, era falseado, y Almagro estaba consciente de eso.
Otra mentira conocida proveniente del ámbito político fue la de los «convoyes humanitarios» que promovió el falso presidente Juan Guaidó y sus más cercanos secuaces de la ultraderecha venezolana, porque se descubrió que los camiones lo que realmente llevaban eran alimentos descompuestos, medicinas caducadas, y en su momento se denunció que podrían haber sido utilizados para introducir armas bioquímicas a Venezuela.
Pero el político que ha superado cualquier registro histórico (si es que lo hay) en la cantidad y frecuencia de mentiras, es el expresidente estadounidense Donald Trump. Nada menos hace unos pocos días declaró que se pueden desclasificar documentos secretos con tan solo pensar en ello, pese a conocer cuál es el debido proceso. La falacia más difundida de este líder de la ultraderecha de los Estados Unidos es la que ha llegado a conocerse como «La Gran Mentira», misma que plantea que las elecciones de 2020 en que resultó electo el actual presidente Joe Biden, fueron fraudulentas, pese a que —una y otra vez— se ha demostrado que fueron totalmente legítimas.
Se puede precisar que estos casos destacan por su enormidad y consecuencias muy graves para muchas personas inocentes que resultan víctimas de semejantes trápalas, pero a nivel provincial o de países más modestos también abundan los mentirosos, aunque algunas de sus construcciones falsarias no resulten en grandes catástrofes, puesto que el poder que detentan no les alcanza para ello. Un ejemplo muy típico lo proporciona el señor que en los medios políticos de El Salvador llegó a ser conocido con el apodo de «Tacuazín Peinado», míster Norman Quijano, quien durante su doble mandato como alcalde de la ciudad de San Salvador (2009-2015) aseveró que gente de la oposición hurtaba las tapaderas de los tragantes de aguas lluvias en distintos puntos de la capital, cuando en realidad era él mismo quien enviaba a algunos empleados de confianza a retirar dichos objetos, sin ser vistos, y los almacenaban en unas bodegas de la alcaldía donde fueron descubiertos, sin importarle qué consecuencias pudieran derivar de su acción, o qué daños pudiera sufrir la comunidad.
Como ha señalado el reconocido doctor en psicología Jim Taylor en un artículo publicado en la revista Psychology Today, es sorprendente con qué frecuencia mienten los políticos y su falta de voluntad para admitirlo cuando lo hacen; siendo muy conocidos los eufemismos que usan para referirse a sus falsedades con caras audaces: «Me expresé de manera incorrecta»; «Los medios sesgados malinterpretaron lo que quería decir»; «Mis declaraciones fueron distorsionadas»; «Se tergiversó lo que dije»; «Mis expresiones fueron sacadas de contexto»; etc. Pero en su propio decir, los políticos nunca mienten.
Resulta llamativo que quienes se dedican a la profesión de la política crean que pueden mentir sin ser puestos al descubierto, particularmente en esta era de internet con su ejército de verificadores de hechos, tanto profesionales como novatos, en que las posibilidades de que una mentira se mantenga vigente ante el escrutinio cibernético son de muy pocas a ninguna. Pero también hay que tener claro que algunos políticos, como los surgidos en la última ola de líderes populistas de derecha, ni siquiera intentan adherirse a la declaratoria de que «la honestidad es siempre la mejor política», tal y como lo declaró George Washington. Al contrario, este tipo de recolectores de votos, hambrientos de poder, más bien se rigen por lo que expresó el encuestador de Romney Neil Newhouse, cuando dijo que «No vamos a dejar que nuestra campaña sea dictada por verificadores de hechos».
Según este renombrado doctor y autor de varios libros, las seis razones más destacadas por las cuales los políticos mienten, sin implicar que no haya más, son las que se exponen a continuación.
Una es que muchos políticos son narcisistas, y aunque la investigación sobre ellos es limitada, de acuerdo al artículo citado, no es difícil ver la conexión. Los narcisistas son arrogantes; se creen muy importantes; se ven a sí mismos como especiales; requieren admiración excesiva; tienen un sentido de prerrogativa y también son explotadores. Es esta variedad de atributos lo que les hace creer que siempre tienen la razón y, aunque no lo crean así, se consideran demasiado inteligentes como para ser desenmascarados o tener que sufrir las consecuencias. Es decir, que estas personas son capaces de creerse sus propias impertenencias.
Otra razón es que los políticos saben que sus seguidores les creerán, incluso ante la evidencia irrefutable de lo contrario. Ellos y sus adherentes viven en una cámara de resonancia en la que todos miran los mismos canales de noticias, escuchan las mismas estaciones de radio, leen los mismos periódicos y sitios web, y se juntan para pasar el rato con las mismas personas de ideas afines. De este modo se crea una membrana impermeable que evita que ingrese información contradictoria, y la mínima que logra penetrar es rechazadas masivamente.
También se indica como otra razón el hecho de que a la gente no le agrada escuchar la verdad, ya que esta puede ser dolorosa y nadie quiere prestar oídos a cosas que amenacen su existencia, sus creencias o que le causen incomodidad. Desde esta perspectiva, es decididamente mejor para los políticos decirle a las personas lo que las hace sentir más cómodas, y ven contraproducente ser los proveedores de las noticias negativas, lo que disminuiría la probabilidad de obtener sus votos, y pondría en riesgo su triunfo electoral.
La siguiente razón por la que los políticos mienten se explica por medio de lo que se conoce como sesgo cognitivo. Amos Tversky, Daniel Kahneman, y otros especialista en el campo, han demostrado que la mente humana se involucra en muchos trucos cognitivos para ayudar a las personas a ser más eficientes, reducir la confusión y la ansiedad, y mantener la vida simple y coherente. Los ejemplos incluyen el sesgo de confirmación que implica la inclinación a buscar información que respalde nuestras propias nociones preconcebidas. El reflejo Semmelweis, que es la predisposición a negar nueva información que desafía nuestras opiniones establecidas; y el efecto de exceso de confianza, que implica una confianza injustificada en el propio conocimiento, son solo algunos de estos trucos cognitivos.
Todavía otra razón es la que establece el viejo adagio de que si se dice una mentira suficientes veces, la gente asumirá que es cierto. Y aunque a muchos les parece inconcebible que grandes contingentes humanos crean falsedades evidentes, resulta fácil entenderlo si se tiene en cuenta que las personas asumirán que algo es verdadero después de escucharlo repetidas veces, ya que esperan que las mentiras sean refutadas y se desvanezcan. Pero si estas se continúan repitiendo se supone que deben ser ciertas.
Y por último, concluye, el articulista, los políticos mienten porque, debido a las seis razones anteriores, la relación entre costo y beneficio al mentir está a su favor. Ellos ejecutan este cálculo cuando crean o cambian una narrativa dañina, atacan a un oponente o responden a afirmaciones indefendibles contra ellos. Hay que suponer, advierte el autor, que la mayoría de los políticos saben cuándo están mintiendo, porque de no ser así implicaría que no solamente son narcisistas, sino también sociópatas.
En conclusión puede asegurarse que los políticos mienten cuando creen que la deshonestidad es la mejor política para ser elegido en una contienda electoral en la que, de seguro, más de algún contrincante, si no todos, recurrirá a la mentira.
Crédito por la imagen que encabeza esta nota:
"politician and baby" by tom clearwood is marked with Public Domain Mark 1.0.
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