Por Esteban Balmore Cruz
Autor: Eurípides (480-406 a. C.)
Género: Tragedia clásica
Ubicación: Corinto; tiempo remoto en la antigüedad
Primera presentación: 431 a. C.
Personajes:
Medea, una hechicera de fuerte personalidad y férrea determinación.
Jasón, el marido de Medea con quien tienen dos hijos.
Creonte, rey de Corinto, padre de Glauce, la nueva esposa de Jasón.
Glauce (también llamada Creúsa), hija de Creonte, que se casa con el marido de Medea.
Egeo, rey de Atenas.
Nodriza, esclava al servicio de Medea.
Pedagogo, encargado de la educación de los niños.
Hijos de Medea y Jasón
Coro de mujeres corintias
Mensajero, miembro del séquito de Jasón.
Comentario breve
Medea ha sido considerada por los expertos como la más importante de todas las interesantes obras trágicas escritas por el innovador dramaturgo Eurípides, quien modificó el rol que desempeñaba el coro en el drama, implementó de la máscara, aparte del radical cambio que introdujo en el papel que correspondía a los dioses y a los humanos, manteniendo constantemente en sus piezas la preponderancia de las acciones humanas en el desarrollo del conflicto, por sobre el determinismo preestablecido que hasta entonces se le había adjudicado a la divinidad. El mensaje de Medea es universal y permanente: hasta qué extremos puede llegar una persona herida en lo más íntimo de sus sentimientos en su afán de desquitarse. Debe tomarse en cuenta, al leer esta obra, que la historia tiene como marco de referencia las consecuencias del relato mítico de los argonautas y el vellocino de oro, de donde se origina el tórrido romance que selló la unión amorosa de la hija de Circe y Jasón, por quien ella abandonó su familia y país, además de ayudarle a cumplir su empresa, lo que probablemente no hubiese logrado sin su ayuda.
Resumen
Al descubrir Medea que Jasón la había abandonado casándose con Glauce, hija del viejo Creonte, rey de Corinto, juró una dura venganza. Su nodriza que la amaba mucho pudo darse cuenta que una terrible amenaza se cernía ahora sobre la ciudad, porque ella bien sabía que Medea no dejaría pasar el agravio sin una temible revancha; y por lo que más se angustiaba la aya, era por los dos pequeños hijos de la pareja en discordia, porque la hechicera incluía a los niños en el incontenible odio que sentía ahora por el padre.
Ese odio y resentimiento creció todavía más cuando Creonte le ordenó que abandonara la ciudad con los niños, al enterarse de las mal intencionadas amenazas que ella había hecho. Pero la astuta Medea, habiendo ya concebido un plan en su ágil mente, lo convenció de que le permitiera quedarse un día más solamente para hacer los preparativos para el viaje. En realidad, ella había determinado ya cuál sería su desquite, quedándole solamente por resolver el problema de encontrar un lugar en donde refugiarse una vez consumados los hechos.
Pero para fortuna de Medea, favoreciendo su macabro plan, coincidentemente se presentó en Corinto el rey Egeo de Atenas, un viejo amigo de ella, que iba en busca de Piteo, soberano de Trecén, para consultarle sobre un oráculo; y mostrándose solidario ante el cruel abandono de Jasón, le ofreció un lugar donde protegerse de sus enemigos en su reino. Fue así como Medea se aseguró de un lugar de asilo apropiado, incluso después de que Egeo hubo de enterarse de los terribles hechos que la resentida hechicera habría de ejecutar.
Medea le contaba a algunas amigas corintias acerca de sus planes, pero no sin antes advertirles que guardaran su secreto. Ella había considerado en un inicio matar a Jasón, a su prometida Glauce y al padre de esta, Creonte, el rey; pero después de haberlo reconsiderado, sintió que la venganza sería más deleitosa si dejaba vivir a Jasón para que sufriera el resto de su vida. Porque —pensaba ella— nada sería más doloroso para él que envejecer sin una pareja, sin prole y sin amistades. Fue así como Medea se decidió por el plan final de dejar con vida a Jasón, asesinar a Glauce junto con su padre, y también, acabar con la vida de sus propios hijos.
Procedió entonces ella a llamar a su marido, y fingiendo que le había perdonado por lo que había hecho, pretendiendo reconocer por último lo justo de su previsión al casarse con Glauce, únicamente por interés, le suplicó que la perdonara por su ira previa, pidiéndole a la vez le permitiera enviar a los niños con regalos para la novia en señal de su arrepentimiento. Deludido totalmente por el supuesto cambio de sentimientos en ella, Jasón accedió a sus pedidos expresando regocijo por el discernimiento que estaba mostrando.
Una túnica muy fina y una diadema de oro que le había regalado su abuelo, el dios Helios, seleccionó Medea como presentes para la que ahora era la esposa de su marido. Pero antes de entregar estas cosas empaquetadas a los niños las untó con un poderoso veneno mágico. Transcurrido un corto lapso de tiempo, un mensajero del séquito de Jasón vino a ella para decirle que debía huir, ya que su artimaña había resultado bien.
Luego que Jasón y sus hijos se retiraron, Glauce procedió a ponerse la magnífica túnica y la preciosa diadema que le habían traído y se dispuso a pasear por el palacio; pero no pasó mucho tiempo para que la transpiración y humedad de su cuerpo hiciera contacto con la substancia misteriosa, lo que provocó que la diadema de oro y la tela se le adhirieran y embadurnaran cabello y piel. Ella trataba de quitarse ambas prendas, pero entre más lo intentaba, más se le pegaban al cuerpo y murió dando alaridos de dolor sintiendo que su carne le quemaba. Su padre Creonte acudió en su ayuda intentando reanimarla, pero al tocar a su hija él también se contaminó de la substancia mortífera, y agonizó del mismo modo que lo había hecho Glauce.
Los niños, mientras tanto, habían regresado a la presencia de Medea, y ella, sintiendo sus abrazos llenos de ternura infantil, se sentía desgarrada entre el gran amor que les tenía y el enorme odio que ahora sentía por Jasón; sentía partirse entre su natural instinto maternal y su irreductible deseo de venganza. Pero finalmente se impuso la parte más salvaje de su ser y, luego de haberse deleitado en las noticias que le trajo el mensajero, confirmando la muerte del rey corintio y su hija, entró a su casa en compañía de los niños y puso tranca y cerrojo a la puerta. Una vez dentro, la hechicera procedió a asesinar a sus dos hijos haciendo uso de una espada, mientras afuera un grupo de mujeres corintias escuchaban los alaridos de las pequeñas víctimas incapaces de intervenir.
Ansioso por llevarse a los niños a un lugar seguro, temiendo que los seguidores del rey muerto los asesinaran por haber llevado los regalos fatales, Jasón se hizo presente en su casa, en donde se enteró de lo que había ocurrido adentro, volviéndose casi loco al instante. Mientras él golpeaba furiosamente en la trancada puerta, Medea apareció repentinamente por encima de la vivienda, sosteniendo los cuerpos inermes de los dos niños, montada en un carruaje que el dios Helios le había enviado para que escapara. Jasón la maldecía, pero también le imploraba que le permitiera ver a sus hijos una última vez, en tanto que la vengativa hechicera se mofaba de la penosa soledad a la que él quedaba condenado. También le expresó que, aunque su propio sufrimiento sería muy grande, ya había sido compensado con el deleite que le proporcionaba el haberse vengado.
El mágico carruaje tirado por dos dragones alados la condujo primeramente a las montañas de la diosa Hera, donde enterró los cuerpos de las inocentes víctimas, y en seguida fue conducida a Atenas, donde debería de pasar el resto de su existencia regurgitando la biliosa amargura de su dolorosa y atroz revancha.
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Fragmentos de la obra que plantean la justificación de Medea y, de paso, retratan la realidad de las mujeres casadas en su época (versión de Ramón Irigoyen; traducción de Jordi Balló y Xavier Pérez):
De todas las especies animadasy dotadas de pensamientonosotras las mujeressomos los seres más miserables.
En primer lugar, tenemos que comprara un precio altísimo un marido.Le pagamos para que se conviertaen el amo de nuestro cuerpo;y pierden su buena fama las mujeresque se separan de su marido.
Y si el esposo acepta convivirsin imponernos con violencia su yugo,envidiable es entonces nuestra vida.Y si no es así,es mejor morirse.
Y dicen de nosotrasque por vivir en casacorremos menos riesgos,mientras ellos combaten con armas:¡vaya razonamiento estúpido!Con mucho prefieroir tres veces a la guerra,a los desgarros del vientreen un único parto.
Pero ¿por qué te digo esto?Tú estás en tu ciudaden casa de tu padrey disfrutas de holgura y compañía,mientras que yo estoy sola.Me he quedado sin patria.
Me humilla mi maridoa mí, que su botín he sido—y botínarrebatado en extranjera tierra—:sin madre, sin hermano,sin un solo pariente en cuyo hombroechar el ancla y protegermede mi infortunio. Y de tiesto tan sólo quiero:si encuentro la manerade vengarme de mi marido,lo mismo que de aquelque le otorgó su hija,e igualmente de ella,por favor, guarda silencio».
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Puede que una mujertenga escasa fuerzay que le asuste todoy se desmaye cuando ve un arma.Pero, cuando la ultrajan en la cama,en parte alguna encontrarásun corazón tan sanguinario».

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