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| Juicio contra un cerdo, siglo XIII |
Juicios contra animales
Por Thomas Frost
Una de las características más singulares de la jurisprudencia de la Edad Media, y que se mantuvo en el código francés hasta casi mediados del siglo XVIII, fue la acusación de animales domésticos por las lesiones infligidas a seres humanos. Los registros de los tribunales penales de Francia revelan noventa y dos procesos judiciales de este tipo entre 1120 y 1741, cuando el último de estos grotescos procesos judiciales tuvo lugar en Poitou. La práctica parece haberse basado en la ley mosaica, en la que se ordenaba que, «Si un buey cornea a un hombre o una mujer y mueren, entonces el buey será apedreado, y su carne no se comerá». (Éxodo, c. Xxi., V. 28.) Los bueyes y los cerdos fueron los animales que con mayor frecuencia fueron objeto de estos extraños procedimientos, siendo la acusación contra los primeros por cornear personas, mientras que los segundos sufrieron por matar y a veces devorar niños pequeños.
El primer caso del que se pueden recopilar detalles ocurrió en 1314, cuando, según M. Carlier, que relata el suceso en su historia del ducado de Valois, un toro se escapó de un corral en el pueblo de Moisy, y corneó a un hombre tan severamente que le sobrevino la muerte. El conde de Valois, al ser informado de la fatalidad, ordenó que el toro fuera capturado y procesado formalmente por causar la muerte del hombre. Así se hizo, y las personas que habían presenciado la agresión y fallecimiento del individuo aportaron pruebas. Acto seguido, el toro fue condenado a morir por estrangulamiento, tras lo cual el cadáver del bovino fue colgado de un árbol por las patas traseras. Pero el asunto no terminó así, pues la sentencia fue apelada, probablemente por el dueño del toro, sobre la base de que los criados del conde de Valois no tenían autoridad legal para ejecutar la sentencia. Esta petición se debatió extensamente y el parlamento provincial finalmente decidió que, aunque la sentencia era justa, el conde de Valois no tenía autoridad judicial en el distrito de Moisy.
A continuación, en el orden de los tiempos, viene el juicio en Falaise de una cerda que había desgarrado la cara y el brazo de un niño, por cuyos efectos murió. La cerda fue condenada a ser mutilada en la cabeza y una pata delantera, y luego a estrangulamiento, sentencia que fue ejecutada en la plaza pública de la localidad. Esto fue en 1386. Tres años más tarde, un caballo fue condenado a muerte en Dijon por haber matado a un hombre. En 1403, Simon de Baudemont, lugarteniente de Meulan; Jean, señor de Maintenon; y el alguacil de Mantes y Meulan, firmaron un atestado de los gastos incurridos en el procesamiento y ejecución de una cerda que había matado y comido parcialmente a un niño.
En 1457, una cerda y sus seis crías pequeñas fueron juzgados en Lavegny, acusados de haber matado y comido parcialmente a un niño. La cerda fue declarada culpable y condenada a muerte; pero los marranitos fueron absueltos sobre la base de sus tierna edad, el mal ejemplo de su madre y la ausencia de evidencia directa de que hubieran participado de la comilona antinatural. En 1494, el alcalde de Laon dictó sentencia de muerte contra un chancho por haber mutilado a un niño en su cuna, cuyos detalles completos se dieron en el Annuaire du Departement de l’Aisne de 1812.
Los procedimientos judiciales contra los animales inferiores no se limitaron a Francia, ya que la lista de tales casos recopilada por M. Berriat St. Prix y publicada en las Memoires de la Societé des Antiquaires de 1829, menciona un animal juzgado en Lausana (Suiza) en 1364, otro en la misma ciudad en 1451, un tercero en Basilea en 1474, otro en Lausana (también en Suiza) en 1479 y un quinto en el mismo lugar en 1554. Con respecto al primero de estos juicios, Ruchat afirma, en su historia de la reforma protestante en Suiza, que el acusado era un cerdo que había matado a un niño en el pueblo de Chattens, situado entre las colinas de Jorat. El animal fue citado a comparecer ante el Tribunal del Obispo de Lausana, fue declarado culpable de asesinato y condenado a muerte, siendo el verdugo un carnicero.
El caso de Basilea fue muy singular. Se enjuició a un gallo de corral bajo la absurda acusación de haber puesto un huevo. Se sostuvo en apoyo de la acusación que los huevos puestos por los gallos eran de inestimable valor por su uso en ciertas preparaciones mágicas; que un hechicero preferiría tener un huevo de gallo que una piedra filosofal; y que Satanás empleaba brujas para incubar tales huevos, de los cuales procedían las serpientes aladas más peligrosas para la humanidad. En nombre del prisionero gallináceo, se admitieron los hechos del caso, pero su abogado sostuvo que no se había probado ningún rencor malvado contra su cliente y que no se había producido ningún daño al hombre ni a la bestia. Además, la puesta del huevo fue un acto involuntario y, como tal, no sancionable por la ley. Si se pretendía imputar el delito de brujería a su cliente, tenía derecho a la absolución; porque no se registró ningún caso de que Satanás hubiera hecho un pacto con alguien de la creación bruta. En respuesta, el fiscal afirmó que, aunque el Maligno no hacía pactos con brutos, a veces entraba en ellos; y aunque los cerdos poseídos por los demonios, según relatan los evangelistas, fueron agentes involuntarios, sin embargo, fueron castigados al hacerlos correr por un empinado declive hacia el lago de Galilea, donde se ahogaron. El pobre gallo fue declarado culpable y condenado a muerte, no como gallo, sin embargo, sino como hechicero, o tal vez como demonio en forma de gallo, y al ser así encontrado junto con el huevo atribuido a él, fue quemado en una estaca, con toda el formalismo y solemnidad de una ejecución judicial.
(Es de señalar que existen registros de casos contra animales menores, tales como escarabajos y ratas, según la crónica de la cual se ha reproducido aquí este fragmento).
Fuente:
Legal Lore: Curiosities of Law and Lawyers.
Edited by William Andrews, 1897.

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