Resumen de la Obra «El Viejo y el Mar»

Resumen completo de la obra literaria El viejo y el mar, del autor estadounidense Ernest Hemingway.

Por Esteban Balmore Cruz



Tipo de obra: Novela
Autor: Ernest Hemingway (1898)
Género: Simbolismo romántico
Ubicación: La Corriente del Golfo; La Habana, Cuba, mediados del siglo XX
Primera publicación: 1952
Personajes principales:
Santiago, un experimentado pescador cubano.
Manolín, un muchacho aprendiz de pescador.

Comentario Breve

Después del escaso éxito obtenido con su novela Al otro lado del río y entre los árboles, Ernest Hemingway escribió El viejo y el mar para restablecer su reputación como autor, lo cual logró con creces, pues al año siguiente de su publicación le fue conferido el Premio Pulitzer y, más adelante, el Premio Nobel de Literatura. Sin duda alguna, las cualidades de la novela corta de Hemingway son aquellas que se asocian con magníficas historias del pasado cercanas a la perfección de la forma dentro de las limitaciones de su temática, la restricción del tratamiento con respecto a las unidades del tiempo y el lugar, y la simplicidad evocativa de la técnica que él denominó «Teoría del iceberg». Además, como la mayoría de los grandes relatos, se puede leer en más de un nivel de significado, siendo uno de estos el de una historia de aventura emocionante, pero trágica.

Basándose en sus vivencias en Cuba, Hemingway crea el personaje del viejo pescador que, solitario en su barca, coge un enorme pez marlín tras arduo esfuerzo, solamente para que después sea devorado por los tiburones mientras lo traslada a puerto. Igual que Hemingway, el viejo pescador que había sido exitoso en su oficio en el pasado inmediato, intenta resurgir, haciendo suyo un código de vida en el que la persona hace frente a un elemento poderoso. Al confrontar en lucha a los tiburones, el personaje principal de la historia muestra una valentía y un donaire bajo extrema presión, creyendo que un individuo puede ser destruido, pero nunca derrotado. El viejo y el mar es considerada la mejor novela de este autor estadounidense.

Resumen

Santiago, un experimentado pescador a quien todos llamaban «El Viejo», no había atrapado un solo pez durante ochenta y cuatro días consecutivos. Su aprendiz y compañero de pesca, Manolín, había compartido su mala racha, pero después de la cuadragésima jornada sin suerte, el padre del mozuelo le ordenó que fuera en otro bote. A partir de ese momento, Santiago trabajó solo, y cada mañana remó su esquife hacia la Corriente del Golfo, donde se encontraban los peces grandes; pero aún así, cada noche regresó a casa con las manos vacías.

Manolín tenía mucho aprecio al viejo pescador y le compadecía, hasta el punto que si no tenía dinero propio, pedía o robaba en casa para asegurarse de que Santiago tuviera suficiente para comer y cebos frescos para sus sedales. «El Viejo» aceptaba estas muestras de bondad con una humildad que manifestaba una tranquila dignidad callada. Al tiempo de sus comidas vespertinas, que solían ser de arroz o frijoles, conversaban sobre los peces que habían capturado en días afortunados, o sobre los juegos y celebridades del béisbol estadounidense, su deporte favorito. Solitario en su cabaña, durante la noche, Santiago soñaba con las costas de África, donde merodeaban leones, y a donde alguna vez había ido en un velero, pues había ya dejado de soñar con su difunta esposa.

En el día ochenta y cinco desde que había comenzado su mala racha, Santiago salió remando del puerto en el oscuro frescor que precede al amanecer e —internándose mar adentro— alistó sus sedales, dos de los cuales tenían atunes frescos que el niño le había dado, así como las sardinas para poner en sus anzuelos. Enseguida, lanzó los sedales directamente hacia oscuras y profundas aguas marinas.

Con el amanecer, Santiago atisbó otras embarcaciones que iban hacia la orilla, representada por una baja línea verde en el mar. Siendo un experto en la pesca, un ave le indicó dónde los delfines acosaban a algunos peces voladores, pero el cardumen se movía demasiado rápido y muy distante. Cuando el pájaro volvió a sobrevolar, Santiago vio atunes saltando a la luz del sol, y uno pequeño picó el anzuelo. «El Viejo» pensó que esto era señal de buena suerte mientras trasladaba el tembloroso pez a bordo.

Un marlín comenzó a mordisquear el cebo que estaba a cien brazas de profundidad cuando ya era mediodía, y «El Viejo» comenzó a juguetear con el pez que sabía era muy grande, por la tensión del sedal. Por fin golpeó para fijar el gancho, pero el pez no subió a la superficie, sino que, en cambio, empezó a remolcar el esquife al noroeste. Santiago se preparó para la faena, colocándose el tenso sedal por los hombros; pues aunque estaba solo y ya no era tan fuerte, tenía mucha habilidad y sabía muchos trucos. Así que se dispuso a esperar pacientemente a que el pez se cansara.

El frío que vino con el anochecer hizo estremecerse a Santiago. Cuando algo cogió una de sus carnadas restantes, cortó el hilo con su cuchillo de funda. El pez enganchado se sacudió súbitamente, tirando del viejo pescador hacia adelante, sobre su rostro y cortando su mejilla. Se limpió como pudo. Al amanecer su mano izquierda estaba rígida y acalambrada. El pez se había dirigido hacia el norte y no había tierra a la vista, pero él sabía que podía orientarse con el resplandor de La Habana. Otro halón fuerte en el sedal produjo una cortadura en la mano derecha de Santiago. Para mitigar el hambre, cortó filetes del atún que había cogido el día anterior y los masticó lentamente mientras esperaba a que el sol le calentara y aliviara sus dedos entumidos.

Viendo saltar al pez por primera vez, Santiago supo que había enganchado al marlín más grande que había visto en su vida. Luego el pez descendió y giró hacia el este. «El Viejo» bebió con moderación de su botella de agua durante la calurosa tarde y, tratando de olvidar su mano cortada y espalda adolorida, recordó los días en que le llamaban «El Campeón», cuando ganaba apuesta de lucha a pulso en la taberna de Cienfuegos. Mientras recordaba, un avión pasó sobrevolando con rumbo a Miami.

Cuando volvía a anochecer, un delfín picó el pequeño anzuelo que había vuelto a cebar y lo levantó a bordo, cuidando de no alterar el sedal sobre su hombro. Después de descansar un rato cortó filetes del delfín y también guardó el par de peces voladores que halló en sus fauces. Luego de dormir toda la noche, despertó al sentir el sedal deslizándose entre sus dedos cuando el gran pez saltó. Dejando correr el sedal lentamente, trató de cansar al marlín, y después de que este aminorara su movimiento, se lavó las manos heridas en el agua del mar y comió uno de los peces voladores. Al amanecer, el marlín comenzó a hacer círculos y Santiago, aunque débil y mareado, se esforzó para acercar al pez grande en cada vuelta. Al límite de sus fuerzas, finalmente pudo arrastrar su presa al lado y le ensartó el arpón; y al subirlo pudo ver que el pez era dos pies más largo que su esquife. Nadie habría visto alguna vez un pescado de ese tamaño en el puerto de La Habana, y pensó que haría su fortuna, mientras levaba sus velas remendadas y fijaba su rumbo hacia el suroeste.

Pasada una hora, avistó el primer tiburón, que era del tipo mako feroz, aproximándose rápidamente para morder con sus dientes afilados el marlín muerto. Como pudo, el viejo pescador clavó su arpón en el tiburón, el cual rodó y se hundió, llevándose el instrumento ensartado y dejando el marlín mutilado y sangriento. «El Viejo» sabía que el olor se propagaría y, observando, vio que otros dos tiburones se acercaban. Golpeó a uno con su cuchillo que había insertado en la punta de un remo y pudo ver cómo el carroñero se deslizaba hacia aguas profundas. Al otro lo mató mientras desgarraba carne del marlín. A un tercero que apareció le asestó con el cuchillo, pero la hoja se quebró cuando el pez rodó. Más tiburones llegaron al ocaso y trató de combatirlos con el vástago del esquife, pero sus manos estaban adoloridas y sangrando, y había demasiados peces atacando. En la oscuridad, mientras se dirigía hacia el débil resplandor de La Habana, los escuchaba golpeteando la carcasa repetidamente; pero Santiago ya solo pensaba en su retorno y su gran cansancio. Se había adentrado mucho en el mar y los tiburones lo habían derrotado; estaba seguro de que no lo dejarían nada más que el esqueleto despellejado de su gran presa.

Ya estaban encendidas todas las luces del pequeño puerto cuando encalló su esquife y pudo distinguir en la penumbra la blanca columna vertebral y la cola del gran pescado. Comenzó a caminar hacia su casa con el mástil y la vela de su bote enrollada y el peso le hizo caer, quedándose tendido un rato, esperando pacientemente recobrar su fuerza. Al llegar a su vivienda se tendió en la cama y se durmió.

Así le encontró Manolín la mañana siguiente, mientras que otros pescadores se agrupaban alrededor del esquife, maravillados con el marlín gigante, de dieciocho pies de largo del hocico a la cola. Más tarde, Manolín volvió a la cabaña con café caliente y Santiago se despertó, diciéndole que podía quedarse con la espada de su pescado. Manolín le recomendó que descansara para ponerse en forma para los días de pesca que tendrían juntos, y toda esa tarde «El Viejo» durmió soñando con los leones.

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