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El Primer Hombre que Vio Platillos Voladores
El primer hombre en informar sobre un platillo volador fue el piloto Kenneth Arnold, representante de una empresa de equipos de control de incendios en Boise, Idaho, Estados Unidos. En la tarde del 24 de junio de 1947, el veterano piloto volaba en un avión privado en dirección de Chehalis a Yakima, Washington, cuando por encima de las Montañas Cascadas a unos 2,804 metros, notó una serie de destellos brillantes en el cielo a su izquierda. Buscando la causa, vio lo que parecía ser una formación de aviones peculiares acercándose al Monte Rainier a una velocidad fantástica. Había nueve objetos muy brillantes en forma de disco que, según él, se encontraban entre treinta y cuarenta kilómetros de distancia, de doce o quince metros de largo y viajando a una velocidad de casi 2,800 kilómetros por hora.
Más tarde, hablando con un periodista esa noche, Arnold dijo que los objetos «volaban como lo haría un platillo si lo lanzaras por encima del agua». En un informe posterior a Inteligencia de la Fuerza Aérea, declaró: «Volaban muy cerca de las cimas de las montañas, directamente de sur a sureste por el filo de la cordillera, volando como gansos en una línea diagonal, en formación de cadena, como si estuvieran enlazados entre sí ... Eran planos como un pastel y tan brillantes que reflejaban el sol como un espejo».
Según el libro The World of Flying Saucers, autoría de Donald H. Menzel y Lyle G. Boyd, los periódicos de todo Estados Unidos recogieron la historia y la imprimieron bajo titulares que describían tortas voladoras, cazuelas de pastel volantes y platillos voladores. Alertados sobre la posibilidad de que los objetos pudieran haber sido un nuevo tipo de avión de origen ruso, los investigadores de Inteligencia Militar entrevistaron a Arnold, y funcionarios de Inteligencia Técnica Aérea solicitaron un informe.
Se recalca en el libro citado de que nadie dudó de la palabra de Arnold, ya que era un piloto experimentado, un ciudadano respetado y un observador atento. Sin embargo, su descripción presentaba algunas inconsistencias que hacían difícil determinar qué eran realmente los nueve discos. Si en realidad tenían doce o quince metros de largo, debían de estar mucho más cerca de lo que pensaba; objetos de ese tamaño no habrían sido visibles a una distancia de treinta y cuarenta kilómetros. No obstante, si la distancia estimada era correcta, entonces, para ser visibles, los objetos deben haber sido mucho más grandes, al menos 64 metros de longitud. Una de las estimaciones debía ser incorrecta. Mientras no se resolviera esa cuestión, la velocidad calculada no tenía sentido, ya que para estimar la velocidad de un objeto en movimiento, un observador debe conocer su distancia o su tamaño real. Incluso después de un estudio cuidadoso, los investigadores de la Fuerza Aérea no pudieron identificar los discos; podrían haber sido nubes, un espejismo o algún tipo de avión, pero no era posible una respuesta definitiva a partir de la evidencia disponible.
Como era de esperar, después de tanta publicidad, estalló una serie de avistamientos similares en todo el país y continuaron durante el resto de aquel verano. Durante los meses calurosos del «culebrón de verano», los periódicos son tradicionalmente hospitalarios con las historias de monstruos de corrales, serpientes marinas y perros mordidos por hombres, las que fueron ignoradas cuando la gente en todos los estados comenzó a informar sobre objetos poco ortodoxos que navegaban por el cielo: discos voladores, monedas de diez centavos que volaban, conos de helado flotantes, tacones de zapatos voladores y tapacubos en vuelo. Ver platillos se convirtió en un pasatiempo nacional, pero Arnold, que de buena fe había informado de los extraños objetos, se molestó por el ridículo implícito. Inundado con llamadas telefónicas y cartas, resolvió guardar silencio en el futuro, incluso si llegaba a ver un edificio de diez pisos volando por el aire.
Se remarca en la obra citada que, a pesar de la publicidad, el pánico de los platillo voladores probablemente habría muerto con la primera helada del otoño si no hubiera sido por los esfuerzos de un talentoso escritor y editor de ciencia ficción de nombre Raymond A. Palmer. Entre las muchas cartas que recibió Arnold se encontraba una de este autor, entonces editor de la revista de ciencia ficción Amazing Stories. Cansado de que se rieran de él, Arnold encontró el tono de «interés sincero» tan atractivo que respondió a la carta, y después de una segunda misiva una semana después, cambió de opinión acerca de guardar silencio y acordó vender su historia para su publicación.
Bajo el título, «Yo sí vi los discos voladores», el artículo apareció en el primer número de una nueva revista, Fate, que publicaba «historias reales de lo extraño, lo inusual, lo desconocido». Aunque Arnold no era un escritor profesional, contó con la ayuda de un experto y produjo una historia vívida y claramente escrita: Palmer había tenido una experiencia inusual en ayudar a los autores novatos a contar sus historias. Las interesantes diferencias entre las declaraciones originales de Arnold y las de la versión de la revista demuestran cuánto debe haber debido a la ayuda editorial, sin la cual es posible que no hubiera incluido ciertos detalles coloridos que aparentemente había pasado por alto antes. En sus informes originales, por ejemplo, dijo que al principio había supuesto que los discos eran algún tipo de avión experimental; en la versión de la revista agregó que, incluso en ese momento, los objetos le habían dado «una sensación extraña». En los meses intermedios, también había recordado más sobre su forma de los objetos, a los que ya no describía como platos, planos y brillantes como cazuelas para pasteles. En cambio, un dibujo basado en su versión revisada muestra un objeto como la luna creciente con una protuberancia afilada en el lado cóncavo interno y un círculo oscuro y moteado que marca el centro de la superficie superior. Además, les dijo a los lectores de Fate, que uno de los objetos había sido más oscuro que los otros y de una forma ligeramente diferente, un detalle que se había olvidado de mencionar a los reporteros, a los oficiales militares, a sus amigos o incluso a su esposa.
Arnold nunca había sido un gran lector y no era un fanático de la ciencia ficción, pero sus intereses obviamente se estaban ampliando. Los siguientes dos números de Fate contenían otros artículos bajo su firma, cuyos títulos sugieren la creciente influencia de Palmer: «¿Están aquí los visitantes del espacio?» y «Luces Fantasmas de Nevada».
Fuente:
The World of Flying Saucers
A scientific examination of a major myth of the space age
Donald H. Menzel AND Lyle G. Boyd, 1963
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