Este es un extracto de la primera parte del ensayo de Simone Weil titulado «Sobre las causas de la libertad y la opresión», en la que se refiere a la revolución. El ensayo fue redactado en 1934, cuando la autora era muy joven, y no fue publicado hasta que Albert Camus lo incluyó en la antología Oppression et liberté de 1955. El trabajo en su totalidad comienza con una crítica al marxismo ortodoxo y continúa con un análisis del por qué de sus fracasos, de la inevitabilidad de la injusticia social. Seguidamente, se perfilan las características de una sociedad libre utópica para entresacar lo que pudiese aplicarse al presente. La autora concluye con una crítica a la sociedad de su tiempo donde el individuo ha sido absorbido y anulado por la colectividad. Resulta más que interesante la vigencia de muchos de sus planteamientos.
La época actual es de aquellas en las que todo lo que normalmente parece constituir una razón para vivir se desvanece, en las que se debe cuestionar todo de nuevo, so pena de hundirse en el desconcierto o en la inconsciencia.
Que el triunfo de movimientos autoritarios y nacionalistas arruine por todas partes la esperanza que las buenas personas habían puesto en la democracia y en el pacifismo es sólo un aspecto del mal que sufrimos; éste es mucho más profundo y está más extendido.
El trabajo ya no se realiza con la orgullosa conciencia de ser útil, sino con el sentimiento humillante y angustioso de poseer, sólo por el hecho de disfrutar, sencillamente, de un puesto de trabajo, un privilegio concedido por un pasajero favor de la suerte, privilegio del que están excluidos muchos seres humanos.
Vivimos una época privada de futuro. La espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia.
Hay, sin embargo, desde 1789, una palabra mágica que contiene todos los futuros imaginables y nunca está tan cargada de esperanza como en las situaciones desesperadas; es la palabra revolución.
Por ello, el primer deber que nos impone el presente es el de tener suficiente valor intelectual como para preguntarnos si el término revolución es algo más que una palabra, si tiene un contenido preciso, si no es, sencillamente, una de las numerosas mentiras suscitadas por el desarrollo del régimen capitalista y que la crisis actual nos hace el favor de disipar. La cuestión parece impía, debido a los seres nobles y puros que han sacrificado todo, incluida su vida, a esta palabra. Pero sólo los sacerdotes pueden pretender que el valor de una idea se mida por la cantidad de sangre que ha hecho derramar. ¿Quién sabe si los revolucionarios no han vertido su sangre tan vanamente como los griegos y troyanos del poeta, que, embaucados por una falsa apariencia, se batieron durante diez años en torno a la sombra de Helena?
La ciencia es un monopolio, no por una mala organización de la instrucción pública, sino por su misma naturaleza; los profanos sólo tienen acceso a los resultados, no a los métodos, es decir, sólo pueden creer, no asimilar.
Toda nuestra civilización está fundada sobre la especialización, que implica la sumisión de los que ejecutan a los que coordinan; sobre esta base sólo se puede organizar y perfeccionar la opresión, no aliviarla. La sociedad capitalista está lejos de haber elaborado en su seno las condiciones de un régimen de libertad y de igualdad, porque la instauración de un régimen así supone una transformación previa de la producción y de la cultura.
La constatación de que el régimen capitalista aplasta a millones de hombres sólo permite condenarlo moralmente; lo que constituye la condena histórica del régimen es el hecho de que, después de haber hecho posible el progreso, ahora lo obstaculiza.
La tarea de las revoluciones consiste esencialmente en la emancipación no de los hombres, sino de las fuerzas productivas. En realidad, está claro que, una vez que éstas han alcanzado un desarrollo suficiente como para que la producción pueda realizarse con poco esfuerzo, las tareas coinciden; Marx suponía que éste es el caso en nuestra época. Esta suposición le permitió la conciliación, indispensable para su tranquilidad moral, entre sus aspiraciones idealistas y su concepción materialista de la historia.
Fuente:
Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social
Simone Weil, 1934.
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