Géminis
(21 de mayo-21 de junio)
Símbolo general de la dualidad en la semejanza y hasta en la identidad. Es la imagen de todas las oposiciones interiores y exteriores, contrarias o complementarias, relativas o absolutas, que se resuelven en una tensión creadora; la fase de Géminis acaba desembocando en el florecimiento del verano.
Tercer signo del zodíaco, que se sitúa antes del solsticio de verano. Signo principal de Mercurio, es ante todo el símbolo doble de los contactos humanos, de los transportes, de las comunicaciones, de las contingencias del medio en el que se vive, de la polaridad, incluso sexual. Ciertos zodíacos representan este signo, no con la imagen habitual de dos niños cogidos de la mano, sino por un hombre y una mujer e incluso, como en el zodíaco copto, por dos amantes.
Tras lo intenso y lo profundo, he aquí lo amplio; tras lo hipermasculino y lo hiperfemenino, el dúo masculino-femenino; tras el Fuego y la Tierra, el Aire. El Aire en lo que tiene de volátil, ligero, móvil y rápido. Dos efebos enlazados representan este signo llamado doble, que nos introduce en el mundo de los contrarios polares: masculino-femenino, tinieblas-luz, sujeto-objeto, interior-exterior… En esto es en afín con Mercurio, ese mensajero con alas en los pies y que lleva como emblema el caduceo. En el concierto zodiacal, la partitura del tercer signo se asimilaría más bien al desgrane en presto del arpegio. Aquí no nos beneficiamos ya del cálido ligado de los instintos; el espíritu interviene en el juego de la personalidad que compone un dúo con la sensibilidad. La personalidad no reposa de entrada sobre el aliento natural y el libre empuje de la vida animal. Se elabora por lo contrario a partir de un mecanismo de defensa contra la supremacía de la afectividad: la vida sensible se mantiene a raya, se tiene por sospechosa y se ridiculiza, circunscrita a la esfera de un yo preocupado de vivir en la comodidad de la libre pertenencia a sí. De ahí se deduce un proceso de cerebralización que da, entre otras cosas, el gusto por el juego, el atractivo del ejercicio de las ideas y del comercio del espíritu, así como el vuelo de la inteligencia. El ser vive en suma sobre un desdoblamiento interior: una mitad de él siente, actúa y vive, mientras que la otra mitad la contempla actuar, sentir y vivir; actor y espectador de sí mismo a la vez, manteniendo el espectador al actor bajo su mirada, socarrona o desilusionada. Y esto se aplica desde el ser de la extrema adaptación al de la extrema complejidad…
Fuente:
Diccionario de los símbolos
Jean Chevalier & Alain Gheerbrant.
(Traducción: Manuel Silvar & Arturo Rodríguez).
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