Treinta y siete largos años han pasado
de aquel miércoles treinta de julio sangriento
cuando el dolor y la sangre corrió a caudales
bañando de rojo las sucias calles de San Salvador.
El pueblo con mucho pesar lloró a sus mártires.
Los estudiantes pedían el cese de la represión
en contra del Alma Mater.
Las tanquetas y las metrallas
fue la respuesta que dio la dictadura militar
al anhelado sueño de justicia y libertad
de aquel puñado de valientes estudiantes.
A pesar de haber sido masacrada la inteligencia y la razón
siguieron trazando fértiles surcos donde germinó esa sangre valiente,
formando un gran caudal de conciencia libertaria,
transformándose en un torrente de luchadores revolucionarios.
Hoy después de tantos años de aquel doloroso episodio,
el tiempo sigue su marcha.
Los nombres y apodos de los valientes mártires,
que entregaron su valiosa sangre por un noble ideal,
están cubiertos con la negra mortaja
del tenebroso y fatal mundo del olvido.
Treinta y siete años han pasado
de aquel macabro crimen. Nada
se ha hecho por reivindicar la honrosa sangre
de los mártires
que seguramente desde sus tumbas
claman justicia. La respuesta ha sido perdón y olvido.
Los motivos y las causas de aquella protesta
siguen vivas y se multiplican cada día más,
los revolucionarios del pasado olvidaron sus principios,
y hoy son fieles adoradores de la riqueza y el poder.
Carlos Armando Argueta, 2012

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