El Diluvio (Antiguo Mito Griego)


Deucalión y Pirra - Peter Paul Rubens
(1577–1640)

Los hijos de Epimeteo y Pandora deambulaban por los jardines de la tierra tal como lo habían hecho sus progenitores; y las generaciones que les siguieron vivieron en paz y felices, a pesar de las travesuras que hacían los duendes de alas marrones. Los hombres se ayudaban mutuamente a cultivar la tierra fructífera y ofrecían sacrificios a los dioses a cambio de una cosecha abundante.

Esta Edad de Oro de la historia del mundo podría haber durado para siempre si los humanos hubieran seguido reverenciando a los dioses; pero después de un tiempo, dejaron de ofrecer oraciones por la salud y la seguridad, y se jactaban con petulancia de su propia fuerza. No buscaban más la ayuda del alto Olimpo, sino que cada quien confiaba en su propio brazo derecho. Luego surgieron la lucha y la discordia, y las guerras feroces se libraron entre todos los pueblos de la tierra. El hermano mató al hermano y los padres se peleaban con sus propios hijos. La mano de cada hombre estaba en contra de su compañero, y no conocía ninguna ley, sino la de su propia voluntad. Rara vez los hogueras se encendieron en los altares descuidados, y el olor a ofrendas quemadas queridas por los dioses ya no se mezclaban con el humo que se elevaba a las nubes blancas alrededor del Olimpo. Los vasos sagrados enmohecían en los templos abandonados; alrededor de los santuarios de los dioses, las serpientes se arrastraban perezosamente; y el murciélago y el búho vivían tranquilos entre los pilares de los templos.

Durante un tiempo, los dioses estuvieron pacientes, creyendo que este estado de cosas no podía durar; pero al ver que la humanidad estaba empeorando en lugar de mejorar, año tras año, decidieron poner fin a la irreligiosidad y destruir toda la raza del hombre. Entonces Zeus convocó un concejo de los dioses para decidir sobre la forma más efectiva de eliminar cada vestigio de la vida humana tan completamente que no se dejaría un alma para contarle a sus hijos la historia de esos días malvados, cuando las personas descuidaron la adoración a los dioses inmortales y permitieron que sus templos se deterioraran.

El castigo más terrible que podría infligirse al hombre sería incendiar todo el mundo, para hacer de él un gran altar de sacrificio en el que las víctimas humanas, y no el buey con guirnalda, se quemarían de noche y de día, y del cual se levantaría el humo hacia los cielos tan denso que ocultaría la contemplación de una tierra ennegrecida y ardiente. La única objeción a llevar a cabo este plan era el temor de que las llamas se elevaran tanto que llegaran incluso al elevado Olimpo, y así poner en peligro el trono sagrado de Zeus. Aunque el fuego podría no destruirlo por completo, los dioses no podrían soportar pensar en que su base de oro rojo bruñido fuera tocada por cualquier llama de los incendios impíos de la Tierra.

El único otro método efectivo de destrucción era el agua, y este los dioses decidieron emplear. Entonces, en cierto día, cuando los humanos estaban festejando en todas partes, cantando canciones, y jactándose de sus victorias en las batallas, Zeus partió los cielos con un poderoso rayo, cuyo estruendo ahogó todos los ruidos de alegría, e hizo que los hombres se pusieran pálidos de miedo. Los cielos se abrieron y la lluvia se derramó en torrentes; los ríos se crecieron y desbordaron sus orillas; las olas del mar, que se elevaban cada vez más, barrieron con gran furia la superficie de la tierra, arrasando todo delante de ellas como si fueran montones de broza. Eolo, dios de la borrasca, abrió la cueva donde mantenía seguramente contenidos los vientos y los dejó salir para que causaran destrucción en la tierra. Pronto todas las llanuras estaban cubiertas de agua; no quedaba un lugar seco en ningún lado, excepto en las colinas, y hacia allí las personas aterrorizadas corrieron con la vana esperanza de que la inundación disminuyera antes de que las montañas se sumergieran. Pero las olas aumentaron cada vez más; y los vientos, regocijándose en su libertad, revolvían la aguas hasta que casi rozaban las nubes. Las frágiles embarcaciones a los que los humanos se habían aferrado desesperadamente se destrozaban en pedazos en la furia de la tormenta, y en la cresta de las olas, los cuerpos de los muertos eran arrojados como juguetes. Más y más alto se elevó el agua, hasta que finalmente se cubrieron las cimas de las montañas, y todas las tierras secas habían desaparecido. Así se vengaron los dioses.

Sin embargo, había un lugar que aún no estaba oculto debajo de las aguas, y este era la cima del Monte Parnaso, la colina más alta de Grecia. A este lugar de refugio habían huido Deucalión y su esposa Pirra, dos almas virtuosas que solas, de todas las personas en la tierra, habían vivido con rectitud y adoraban a los dioses. Cuando Zeus les vio parados en la cima del Monte Parnaso llorando sobre la destrucción universal, recordó su piedad y decretó que sus vidas deberían salvarse. Entonces dio órdenes de que las lluvias, las inundaciones y los vientos debían cesar, y la tierra seca aparecer. Entonces, Eolo trajo de regreso los vientos de sus andanzas descontroladas y los confinó nuevamente en la cueva. Poseidón sopló su concha, y las olas iracundas regresaron otra vez al mar. Poco a poco las copas de los árboles se mostraron sobre el agua, y la tierra verde sonrió de nuevo bajo los cálidos rayos del sol.

Pero fue sobre un mundo desolado y vacío que contemplaban los ojos de Deucalión y Pirra, y en su total soledad casi deseaban haber perecido con sus amistades. Descendieron lentamente por la ladera de la montaña, sin saber a dónde ir, siendo conducido a ciegas por la voluntad de los dioses al templo en Delfos, el único edificio que no fue destruido. A este lugar sagrado, las personas solían venir reverentes en los viejos tiempos para consultar los deseos de los dioses y conocer sus propios destinos. Aquí estaba el oráculo divino que ni siquiera el mortal más atrevido se negaría a obedecer.

Cuando Deucalión y Pirra se encontraron en el Templo de Delfos, se apresuraron a consultar el oráculo, ya que deseaban repoblar la tierra antes de que el sol de otra mañana pudiera mirar a una tierra sin vida. Para su sorpresa, el oráculo les proporcionó esta respuesta:

—Váyanse de aquí con las cabezas cubiertas y tiren los huesos de vuestra madre detrás suyo.

Esta orden parecía imposible de obedecer; porque nunca podrían esperar encontrar ninguna tumba, cuando todos los puntos de referencia habían sido arrastrados; e, incluso si pudieran hacerlo, era un sacrilegio inaudito perturbar los huesos de los muertos. Deucalión buscó, por lo tanto, explicar las extrañas palabras del oráculo de alguna otra manera; y finalmente adivinó el significado de la respuesta divina. No eran restos humanos que se le ordenara profanar; los huesos mencionados eran los de la Madre Tierra. De modo que el esposo y la esposa dejaron el templo con sus cabezas tapadas, y a medida que avanzaban, recogían las piedras a sus pies y las arrojaban por encima de sus hombros hacia atrás. Todas las piedras que caían de las manos de Deucalión se convertían en hombres, y las que Pirra dejaba caer se convertían en mujeres.

Así fue que a través de la bondad y la sabiduría de los inmortales, la tierra fue repoblada con una nueva raza de humana que temía el mal, reverenciaba la piedad, y caminaba humildemente ante los dioses. Nunca más Zeus se vio obligado a enviar un diluvio a la tierra, ya que los hombres ya no dejaban que las hogueras del altar se extinguieran, ni tampoco descuidaban ofrendar sacrificios cuando olvidaban sus oraciones.

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