Un suceso no muy conocido de las andanzas del adelantado capitán general Pedro de Alvarado, aunque de mucha importancia porque permite perfilar de mejor manera la personalidad del cruel y avezado conquistador, lo constituye su expedición a Perú, la cual resultó en completo fracaso, al haberse encontrado con uno que lo superaba en todo.
Después de su viaje a España en 1527, en el que se le había conferido por parte del rey Carlos V el título de Gobernador y Capitán General del Reino de Guatemala, y luego de que fuera retenido durante varios meses en la ciudad de México (desde finales de 1528 a mediados de 1530) por la Real Audiencia de la Nueva España, debido a una investigación en su contra, en la que se le adjudicaban 32 cargos, Pedro de Alvarado pudo retornar a Santiago de los Caballeros de Guatemala y tomar posesión de sus funciones para inmediatamente revertir todos los cambios que sus opositores habían realizado durante su ausencia, así como para restablecer el orden que se había desmejorado por la conflictividad entre las distintas facciones de los colonizadores.
Seguidamente, el asunto que ocupó la atención de Alvarado fue encontrar un sitio adecuado para la construcción de barcos, pues ahora estaba resuelto a realizar el viaje que pretendía en busca de las Islas de las Especias. De acuerdo con las instrucciones del emperador, envió partidas para explorar el litoral con ese fin, y a una distancia de quince leguas de la ciudad, cerca del actual puerto de Iztapa, se halló un sitio propicio, en cuya vecindad había abundante provisión de excelente madera, dándose comienzo de inmediato a la obra.
Los términos de su comisión establecidos por la Corona establecían que sus descubrimientos y conquistas se limitaban a las islas y tierra firme de esa parte de la Mar del Sur que limitaba con la Nueva España, y de allí en dirección oeste, y se le prohibía establecer asentamiento alguno en un territorio ya asignado a otros. Su nombramiento era de gobernador y alguacil mayor vitalicio, y hasta que se ordenara lo contrario, se le confiaban plenos poderes civiles, militares y judiciales sobre todas las nuevos territorios que encontrara. Durante le placiera a la realeza, también recibiría una doceava parte de todas las ganancias que pudieran resultar en el futuro de sus exploraciones.
Resulta difícil determinar si la expedición debía ser financiada enteramente o solo en parte a expensas del adelantado; pero en una carta a Carlos V enviada en 1532, en la que expresa su intención de construir y equipar una flota de doce navíos y reunir una fuerza de cuatrocientos hombres, declara que el costo de su concreción pasaría de cuarenta mil castellanos, y que este gasto agotaría sus medios privados. Afirma, por supuesto, que está gastando así todos sus recursos únicamente con su deseo habitual de servir al emperador, y advierte que tiene información de ricas islas cerca de la costa de cuyo descubrimiento Su Majestad debe obtener un gran beneficio.
Mientras aún se desarrollaba la construcción de su flota, corrían por toda la provincia los rumores de la conquistas de Francisco Pizarro y de las fabulosas riquezas que le habían tocado en suerte. Como se sabe, Pedro de Alvarado no era demasiado escrupuloso en los medios y maneras que empleaba. Él ya había demostrado ser falso con aquel por cuya amistad y favor había sido elevado a su alta posición y, bajo la impresión que le causaban las informaciones procedentes de Perú, su ambición desmedida se excitó al máximo y cambió el rumbo de su misión, considerando seguramente que podría reponer su vaciada bolsa y ganar también la gloria en la tierra de los incas, además de que le parecía mejor emplear hacia allá su contingente, en vez de emprender una búsqueda inútil de islas que nadie había visto todavía. Y consideraba, sin duda, que con unos cuantos cargamentos de oro peruano, que no tardaría en juntar, podría servir a su soberano con mayor provecho. Desde esa perspectiva era una suerte, un hecho providencial, que ahora, cuando la flota estaba casi lista y los hombres equipados y preparados para embarcar, esta cantera magnífica hubiera comenzado al sur de él se encontraba. Al regreso de un navío enviado para abastecer a Panamá se confirmaron los informes de los inmensos tesoros descubiertos en Perú, y el entusiasmo no conoció límites. “Vengan”, dijo Alvarado a los colonos, “vengan conmigo y os haré tan ricos que caminarán sobre barras de oro”.
Entre los numerosos enemigos de Alvarado, los más poderosos y activos eran los funcionarios del Tesoro de Guatemala, quienes, aunque frecuentemente divididos entre sí, eran constantes en su oposición al gobernador. Ya lo habían denunciado al gobierno local, acusándolo de negligencia en el cumplimiento del deber, de recaudar contribuciones forzadas y de desobediencia a las ordenanzas reales. Estos dirigieron una carta al emperador, informándole de los designios de Alvarado, representando las malas consecuencias que debían resultar de una invasión del territorio de Pizarro, el peligro de retirar de Guatemala una fuerza tan grande de españoles, y solicitando que fuera enviada a la provincia alguna persona de confianza con poder para impedir la salida de todos los que tenían repartimientos y para actuar como gobernador durante la ausencia del adelantado. También informaron a la Audiencia de México de su propósito y de la fuerza de su armamento.
Aunque estaba plenamente consciente de estos procedimientos, Alvarado no les prestó atención. Continuó con calma sus preparativos, informando a los oficiales de la corona que Guatemala era un área demasiado limitada para su ambición, y que en esta coyuntura venía un mandato que ni siquiera él mismo se atrevió a desatender. Era una orden de la audiencia de México que le prohibía zarpar hasta que hubiera recibido sus instrucciones finales del emperador. Aunque muy molesto por esta interferencia, que atribuyó a las maquinaciones de Cortés, debía, no obstante, someterse a una mayor demora.
Volvió a dirigir una carta al rey Carlos, pidiéndole permiso para acudir en auxilio de Pizarro, asegurándole que, por lo que había sabido de las dificultades encontradas por aquel conquistador, estaba convencido de su incapacidad para completar por sí solo la conquista del Perú. En un despacho anterior, en el que había pedido sus últimas instrucciones, había rogado que se las concedieran lo más pronto posible. “Porque”, dice, “después de agotar mis medios privados, he contraído fuertes deudas para ahorrarle a Vuestra Majestad todos los gastos”. La flota, le informa, está bien provista de pertrechos y provisiones, la fuerza de hombres casi completa y, para asegurar mejor el éxito de la expedición, declara que tomará el mando de ella en persona, dejando un número suficiente de españoles en la provincia para resguardarse de cualquier posible sublevación de los naturales. Él considera, sin embargo, que hay poco peligro de un brote, “pues”, como comenta con seguridad refrescante, “siempre he obedecido las órdenes de Vuestra Majestad en cuanto al trato amable de los indios”.
Fuente:
Hubert Howe Bancroft
History of Central America
Volume II 1530-1800
San Francisco, 1883

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