LA SAGA DEL COMBATIENTE
Por Matilde Elena López
“¡Como de entre mis manos te resbalas!
¡Oh cómo te deslizas, edad mía!
¡Qué mudos pasos traes, Oh, muerte fría
pues con celados pies todo lo igualas!"
Quevedo.
Su nombre como enterrado en rocas
donde sólo pueden brotar
orquídeas, cactus,
que por no sé qué rasgos
se parecen a su rostro
de ángel triste.
Su rostro
lleno de tiempo,
su sonrisa de niño
que parecía disculparse.
Su figura de estambre
tan frágil
que una sílaba
en el aire
la doblaba.
Mas, el junco
en su endeble estructura
está armado de fuerza.
Los débiles
cuando tienen razón
poseen armadura de acero.
Las ideas
que sostienen con su vida
tienen alas de albatros
en el duro fragor
de la tormenta.
No puedo entender su muerte,
la muerte de ninguno.
Puedo entender al combatiente
en la línea del fuego.
Puedo entenderlo
transitando
en la maraña
de sus vacilaciones,
en el filo de una duda
o sobre un punto muerto.
Puedo imaginarlo
en esa maravillosa cresta
de la colina
de pie,
con los ojos lavados
a la nueva vida
sin ver atrás
el fardo del pasado.
O quizá
perceptible en la niebla
su figura
de recio
combatiente.
Puedo verlo caer
fulminado por el rayo,
pero no puedo entender
su muerte absurda,
la muerte de ninguno.
El combatiente
salió con su fusil,
acaso llevaba una guitarra,
una libreta, un lápiz
una palabra armada.
Luchó por un ideal
para crear
un cielo sin tortura,
sin alevosa muerte,
un orden justo,
una armonía.
Sólo encontró la muerte
de mudos pasos
y celados pies.
Sólo la muerte,
la muerte que sostiene
el universo del futuro,
la mano fraternal,
la solidaria estrella.
Mayo de 1979.

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