Justificación de la Lucha


En las últimas décadas, el escepticismo derivado de movimientos revolucionarios traicionados y de la ineficiencia de los procesos electorales de las democracias representativas, hacen más difícil la justificación de la participación en las luchas populares. El agresivo repunte de la ultraderecha en varios países haciendo uso de un discurso irreverente y presentándose con líderes que se declaran foráneos y contrarios al establecimiento político, haciendo uso del más descarado cinismo, aumenta la dificultad de esa justificación.

El objeto implícito del sistema de partidos, que ha sido diseñado y es alimentado por las derechas con el concurso de las izquierdas electoreras, es hacer crecer el contingente de las personas escépticas, en tanto que esto favorece a las facciones más reaccionarias, debido a que al final solo quedan participando en las elecciones quienes forman parte de las estructuras partidarias y sus militancias acérrimas, y la disputa se reduce solamente a ese grupo de quienes las encuestas denominan «indecisos», que en realidad son los oportunistas de siempre, que se van con el bando con más chances de triunfar. La razón por la que el sistema alimenta este escepticismo, es porque la ultraderecha no tiene posibilidad de ganar una contienda electoral sin tener que recurrir a las maniobras más sucias y al uso del miedo, ni aunque movilice hacia las urnas a toda su fanaticada, tal y como quedó demostrado en la contundente derrota de Donald Trump en las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos, amén de que el establecimiento del Partido Demócrata tuvo que pactar con los sectores progresistas para lograr la mayor movilización de electores que pueda recordar la historia estadounidense. La aguda observación del sistema de partidos de las democracias representativas estaría a la base de la sardónica definición de Groucho Marx: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.»

Pero la política es tan vieja como la primera profesión del mundo. Su existencia se debe a la existencia del conflicto, y mientras haya conflicto, habrá política, independientemente de que alguien quiera participar o no de sus procesos. A propósito de esto, dice el politólogo Juan Carlos Monedero: «El conflicto es lo que pone en marcha a las sociedades. El conflicto es un equilibrio inestable de seres humanos que viven en el tiempo, es decir, que envejecen, que pierden constantemente energía camino de la muerte. Existirá conflicto mientras haya seres humanos que piensen que merecen algo y no lo tienen. El conflicto vino para quedarse, con su amenaza y su promesa redentora». Y añade que: «Las luchas de ayer son los derechos de hoy. La falta de acción colectiva de hoy es el retroceso de mañana. En ningún lado está garantizado el progreso».

Se puede ver la función de la política como una regulación del conflicto a través del consenso y disenso, pero su objeto es el acceso al poder de distribución de los recursos públicos. La facción que obtiene este poder (la que gana el gobierno) asigna los recursos de la manera que más le place, beneficiando a unos grupos y dañando a otros. De allí, la continuación del conflicto. Y cuando una derecha alineada con el trumpismo (como la que está en el poder en El Salvador) va estableciendo un régimen autoritario, desconocedor de las reglas del juego político, encaminado a implantar una dictadura, el conflicto se exacerba y a las personas honestas no les queda otro camino que la lucha, porque de ella depende la sobrevivencia individual y colectiva como entes dignos, ya que si es cierto que somos individuos, solamente sobrevivimos en grupo.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Parábola Sarracena

Portada de la versión holandesa de la obra El talismán  de Walter Scott . Esta es una muy aleccionadora prábola árabe que se encuentra en la...

Entradas populares