Sobre los Orígenes de la Fuerza Armada de El Salvador

En esta nota, parte de un libro publicado a principios del año 1917, se hace un esbozo de lo que era el Ejército salvadoreño en sus inicios, con la tentativa de realzar los avances logrados hasta el momento de su elaboración. (Cualquier remanente en la actualidad sería pura coincidencia).

Doctor Enrique Córdova
Ministro de Guerra, 1917


Ejército Nacional

En este importante ramo de la Administración pública El Salvador marcha a la vanguardia entre los países de la América Central. Nosotros no hemos tenido Ejército, en el concepto elevado y noble de esa palabra, sino más bien aglomeraciones de soldados más o menos decididos para pelear, más o menos remisos para organizarse, más o menos pacientes para someterse a las ásperas disciplinas del cuartel.

Cualquier desalmado que tuvo la fortuna de tomarse una trinchera y aprovechó el trance para echarse a tierra de un machetazo al infeliz que la defendía, se jactaba de ser un Jefe del Ejército, sin saber lo que aquello significase ni tener la más remota idea del honor militar ni de la táctica ni de la estrategia ni de la dignidad y las virtudes del soldado.

Un poco de petulancia callejera en el porte, un gesto agrio en el semblante, una buena dosis de alcohol entre pecho y espalda para encender el coraje, un revólver al cinto y una charpa en la mano, allí teneis el bosquejo de uno de nuestros bravos guerreros antiguos, en el momento de encabezar su patrulla para lanzarse a los bochinches de arrabal. Ser altanero con todo el mundo, indisciplinado en el cuartel, feroz en las embestidas, cruel con los indefensos y echar gritos y palabrotas en señal de valentía, tales eran los decorativos atributos que se necesitaban para merecer la consideración y los honores de una alta reputación militar.

Y así vivíamos en nuestras fraternales peloteras, tirándonos los trastos a la cara por un quítame allá esas pajas. Y así también nos dábamos el lujo de tumbar y reponer presidentes, en nombre de la democracia y de la libertad, y de andar correteando por los vecinos trigales para vengar agravios, desfacer entuertos y arreglar insufribles sinrazones. Por supuesto que para mantener la disciplina en tantas evoluciones los buenos jefes no tenían otros recursos que el machete y el revólver; plomo y filo lo arreglaban todo: orden en los cuarteles y en las marchas, precisión en los movimientos y bravura en los combates.

Tal era en tiempos anteriores la triste situación de nuestros llamados Ejércitos.

Pero la experiencia y la civilización vinieron modificando poco a poco la vida y el carácter de nuestras organizaciones militares. Buenos jefes del país, que habían viajado por el extranjero, trataban de implantar a su regreso las mejoras observadas; la escuela iba haciendo también su lenta pero firme labor de mejoramiento y de cultura y el ambiente social, saturado de principios modernos, influía en el ánimo de los directores de la cosa pública para inclinarlos a efectuar reformas indispensables en las instituciones que afirman y garantizan la vida del Estado.

Se había principiado a disciplinar y a dar instrucción elemental a los reclutas; se les enseñaba el manejo de las armas y algunos principios de moral militar, relativos a las obligaciones y deberes del soldado; se les adiestraba en ejercicios y evoluciones y se hacía lo posible, en fin, por mejorar sus condiciones y capacidad para la carrera. En algunas partes se hacía llegar a profesores extranjeros para que diesen instrucción, aislada y ocasionalmente, en ciertos pueblos y cuarteles.

Se vislumbraban los primeros lineamentos de los cuerpos militares, organizados técnicamente. Se vieron en las guerras las ventajas de esa organización, de la disciplina y del orden, de la previsión, de la prudencia y del buen aprovisionamiento; se iba sintiendo poco a poco un bien fundado orgullo nacional por la institución del Ejército y por la gloria de sus armas, y así se fue quedando atrás, relegada para la historia, la primitiva improvisación guerrera que nos hizo vivir en sobresaltos y malgastar muchas veces la sangre del pueblo en las más brutales carnicerías.

El progreso que invadía las esferas de la Administración pública, llegaba también a las instituciones militares; la Escuela penetraba en el Cuartel, la ciencia trataba de dominar a la rutina, el valor consciente se imponía a la ferocidad salvaje y los sentimientos de honor y de justicia se iban infiltrando en el alma de los oficiales, encargados de manejar las tropas y de conducirlas a un destino superior en la sociedad y en la guerra.

Pero no se puede decir que hayamos tenido Ejército, sino hasta después de haber fundado colegios y academias militares destinados a la enseñanza científica y puramente técnica que se requiere para empujar hacia una esfera de honorabilidad y alto prestigio la carrera de las armas.

General Adán Molina Guirola
Jefe Militar del departamento de Santa Ana
1917

Ha sido una labor ardua y penosa en todos los países la de elevar el Ejército a la condición de una entidad social que no sea una amenaza, sino más bien una fuerza protectora del derecho.

Hermanar las dos entidades, la entidad legal y la entidad militar, ha sido el más generoso empeño de la civilización en todos los pueblos y al través de todos los períodos de la historia.

Discurriendo sobre este punto el notable publicista centroamericano, doctor don Salvador Rodríguez González, que tiene el don de cautivar con la magia de su verbo y con el magnífico esplendor de sus ideas, decía en cierta memorable ocasión:

«A diferencia de otras instituciones sociales que nacen como el infusorio, y que al través de las evoluciones progresivas de su historia se transforman en poderosos organismos, el poder militar, o sea el Ejército, desde los pristinos albores de la Sociedad nace vigoroso y robusto, como aquel dios de la fábula griega que estrangulaba serpientes en su cuna.

»A medida que se remonte en el curso ascendente de la humanidad hacia su origen, escúchase un rumor de que está llena toda la Historia; un rumor semejante al de la lejana tempestad: es el ruido estruendoso de la lucha secular entre el poder militar y la potestad civil

»Ese duelo a muerte no ha concluido aún, ni concluirá jamás. Es la antítesis suprema de la vida en la Historia, es la lucha eterna entre la idea y la materia, entre la fuerza y el derecho.

»Pero si esta oposición de los dos elementos que forman la vida humana constituye el equilibrio de las sociedades, natural es que la solución de la antítesis no estribe en la destrucción del uno para que el otro prevalezca. El armonioso kraussista ha encontrado una fórmula de conciliación que hace convivir en fraternal unión, dentro del organismo social, al Estado, representante y Órgano del Derecho, y al Ejército, poder de ejecución de ese mismo Derecho.

»Sin embargo, las instituciones militares así perfeccionadas no pueden ser evidentemente la feliz improvisación de ningún hombre de genio, ni siquiera la obra espontánea de una generación; bastará apenas para semejante creación que la vida entera de un pueblo haga converger hacia ese objetivo único todo lo que puede tener de inteligencia y de esfuerzos pacientes en la experimentación de los sistemas militares por los que han pasado las evoluciones sucesivas de los ejércitos modernos.

»Una ley social domina ese movimiento generoso que propende a poner la fuerza al servicio del Derecho, y consiste en que a toda revolución social y política, corresponde un cambio análogo en las instituciones militares de un pueblo».

Así se ve que a nuestros avances en todos los órdenes del mejoramiento social, ha debido corresponder, por ley histórica, una mejor organización de nuestro sistema militar, el progreso tenía que imponerse también en esa rama de la Administración pública que ahora se desarrolla robusta y majestuosa, en el conjunto armónico de todos los elementos que constituyen el organismo del Estado.

Ahora hay Ejército en la República de El Salvador, y este Ejército ocupa un puesto de vanguardia entre los otros de Centro América. Hay un brillante cuerpo de Jefes y Oficiales, educados a la moderna, que difunden amplios conocimientos y nociones de moralidad y de cultura entre los militares de las organizaciones subalternas; hay magníficos cuarteles, bien dotados y mantenidos, para el alojamiento de las tropas con comodidad, higiene y disciplina; hay códigos, leyes y reglamentos para la justicia, los estímulos, la educación técnica y la regularización de todos los movimientos del Ejército. La Nación cuenta con un magnífico y abundante armamento para la defensa de su Soberanía y para el mantenimiento del orden interior.

El Ministerio de la Guerra es el centro del sistema militar del país, encargado de organizar y reglamentar el Ejército. Bajo la inmediata dependencia del Ministerio labora el Estado Mayor Central, compuesto de un personal seleccionado de Jefes y Oficiales.

Al Estado Mayor corresponde:

1o Dirigir la alta instrucción del Ejército.
2o Organizar la preparación del mismo para la guerra.

El Ejército se compone de:

  3 Divisiones,
  6 Brigadas,
12 Regimientos de Infantería,
  3 Regimientos de Artillería y
  1 Regimiento de Caballería.

Todos con la dotación necesaria y muy bien preparados para el caso de una movilización rápida.

Todos los cuerpos militares accionan de conformidad con los Reglamentos y Ordenanzas y con los principios científicos más avanzados. El servicio sanitario militar, constantemente preocupado por el cumplimiento de sus deberes, trabaja asiduamente bajo una organización metódica.

Los principales miembros de la Oficialidad salen de la Escuela Politécnica Militar, que es el primer centro de educación e instrucción en la materia, existente en el país.

Los principales cuarteles de la capital son los siguientes:

El Primer Regimiento de Infantería,
El Primer Regimiento de Artillería,
El 6o Regimiento de Infantería,
La Maestranza del Ejército,
El 2o Regimiento de Artillería,
Los Regimientos 5o y 7o de Infantería.

Están alojados en edificios modernos o modernizados, que reúnen todas las condiciones indispensables para el buen funcionamiento y para la seguridad y bienestar de los oficiales y la tropa.

El servicio militar es obligatorio, en caso de guerra, para todos los salvadoreños de 18 a 50 años de edad.

En un período como de diez y seis años de trabajo paciente y laborioso se ha logrado constituir aquí un verdadero ejército, que puede poner en pie de guerra, cuando la vida nacional así lo exija, hasta cien mil hombres perfectamente equipados y dispuestos a sacrificarse por la Patria.

(Se ha respetado la ortografía del original, actualizando solamente la acentuación de algunas palabras).

Tomado de:

El Salvador Al Vuelo
Notas, Impresiones Y Perfiles, 1917
Por Alejandro Bermúdez

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