Actuar como forense al exhumar los restos de “Gustavo” en Arambala.
El tiempo pasaba despacio y se hacía lo posible por mantener una actividad normal en el lugar que incluía: pasar leyendo mis libros de medicina para mantener la cobertura, charlas educativas con Karla para suplir la falta de asistencia a la escuela, apoyar en alguna actividad relacionada con el campo en la Cuquinca, apoyar a la suegra en alguna gestión que necesitara y hasta los trámites para exhumar los restos de Ramón Romero “Gustavo” que estaban en el cementerio de Arambala. Esto fue una experiencia única en la cual pudo ser conocida la burocracia delatante de los procesos urgidos.
En relación a lo anterior, todos los requerimientos fueron llenados que incluían: la solicitud, presentar testigos, verificaciones hasta tener la fecha en que llegarían los peritos: forense, fiscal, testigos. Ese día una fuerte lluvia bañaba la geografía del norte de Morazán, los caminos estaban inundados, relámpagos y truenos por doquier; el carro hizo su trabajo en llevarnos por la anegada ruta de Joateca hasta Arambala; las niñas disfrutaban la caída de la lluvia; ellas fueron dejadas con Lina, la esposa de un testigo, para que nosotros estuviéramos listos para el procedimiento de sacar los restos y depositarlos en un pequeño ataúd y llevarlo al cementerio de Joateca. La lluvia había sido calmada por un momento, caía un chis chis que hasta agradable se sentía en medio del calor tropical; lo inesperado ocurrió: el médico forense no se presentó al lugar, sólo el fiscal con su guardaespaldas. Eso significaba que podría ser aplazada la actividad y nosotros ya no teníamos el tiempo suficiente para la reprogramación.
Ante aquella inesperada situación había que hacer algo para continuar en el proceso. Los testigos y nosotros estábamos seguros del lugar exacto donde estaban los restos; el de seguridad del fiscal, quien cargaba una pistola subametralladora Uzi, era un muchacho a quien Tita había enseñado a leer y escribir en los tiempos que trabajó en Inteligencia, le decían «Toño Candil»; por ese recuerdo y cercanía se hizo algo diferente a otras exhumaciones; el fiscal aceptó como válido que yo hiciera las funciones de médico forense al mostrarle mi carnet de médico de la Junta de Vigilancia de la profesión médica. Así fue ejecutado aquel procedimiento en el cual, los testigos y yo mismo desenterramos los restos de Gustavo, que al encontrar los primeros vestigios empezamos a sentir algo indescriptible en nuestro interior: una concentración sepulcral, reflexionando sobre el difunto de cuando estaba en vida activo en la lucha para hacer valer los derechos de los vivos pisoteados por otros vivos; fue un momento no fácil de describir lo sentido, sus escarpelas que lo acreditaban como miembro de la BRAZ y fuerza móvil estratégica estaban intactas sobre su osamenta compuesta por los más de doscientos huesos. El ritual de recoger todos aquellos restos fue hecho por Tita y yo, hasta quedar todo dentro del pequeño ataúd; mientras pasábamos aquel instante, el fiscal y su secretario levantaban el acta de lo encontrado la cual firmamos todos al final. Sentimos una sensación de misión cumplida cuando fueron depositados los restos en el lugar de la familia en el cementerio de Joateca; dos personas llegaron a ayudar para enterrarlo: Naún, sobrino de Tita, y el esposo de Hilda, otra sobrina.
Fue la última acción que hicimos para la familia de Joateca, llevar los restos de alguien muy querido por todos, Ramón Romero Chicas «Gustavo», descansa al lado de hermanos y su padre en aquel cementerio de su pueblo.
Luego llegó Doña Patrocinia, procedente de Estados Unidos; fue informada de todo lo ocurrido; alguna gestión última fue hecha como lo fue el apoyarle para comprar algunos electrodomésticos que le harían mas fácil la condición de vida en aquel pueblo. Después de aquello nos despedimos de ella y del lugar.
En relación a lo anterior, todos los requerimientos fueron llenados que incluían: la solicitud, presentar testigos, verificaciones hasta tener la fecha en que llegarían los peritos: forense, fiscal, testigos. Ese día una fuerte lluvia bañaba la geografía del norte de Morazán, los caminos estaban inundados, relámpagos y truenos por doquier; el carro hizo su trabajo en llevarnos por la anegada ruta de Joateca hasta Arambala; las niñas disfrutaban la caída de la lluvia; ellas fueron dejadas con Lina, la esposa de un testigo, para que nosotros estuviéramos listos para el procedimiento de sacar los restos y depositarlos en un pequeño ataúd y llevarlo al cementerio de Joateca. La lluvia había sido calmada por un momento, caía un chis chis que hasta agradable se sentía en medio del calor tropical; lo inesperado ocurrió: el médico forense no se presentó al lugar, sólo el fiscal con su guardaespaldas. Eso significaba que podría ser aplazada la actividad y nosotros ya no teníamos el tiempo suficiente para la reprogramación.
Ante aquella inesperada situación había que hacer algo para continuar en el proceso. Los testigos y nosotros estábamos seguros del lugar exacto donde estaban los restos; el de seguridad del fiscal, quien cargaba una pistola subametralladora Uzi, era un muchacho a quien Tita había enseñado a leer y escribir en los tiempos que trabajó en Inteligencia, le decían «Toño Candil»; por ese recuerdo y cercanía se hizo algo diferente a otras exhumaciones; el fiscal aceptó como válido que yo hiciera las funciones de médico forense al mostrarle mi carnet de médico de la Junta de Vigilancia de la profesión médica. Así fue ejecutado aquel procedimiento en el cual, los testigos y yo mismo desenterramos los restos de Gustavo, que al encontrar los primeros vestigios empezamos a sentir algo indescriptible en nuestro interior: una concentración sepulcral, reflexionando sobre el difunto de cuando estaba en vida activo en la lucha para hacer valer los derechos de los vivos pisoteados por otros vivos; fue un momento no fácil de describir lo sentido, sus escarpelas que lo acreditaban como miembro de la BRAZ y fuerza móvil estratégica estaban intactas sobre su osamenta compuesta por los más de doscientos huesos. El ritual de recoger todos aquellos restos fue hecho por Tita y yo, hasta quedar todo dentro del pequeño ataúd; mientras pasábamos aquel instante, el fiscal y su secretario levantaban el acta de lo encontrado la cual firmamos todos al final. Sentimos una sensación de misión cumplida cuando fueron depositados los restos en el lugar de la familia en el cementerio de Joateca; dos personas llegaron a ayudar para enterrarlo: Naún, sobrino de Tita, y el esposo de Hilda, otra sobrina.
Fue la última acción que hicimos para la familia de Joateca, llevar los restos de alguien muy querido por todos, Ramón Romero Chicas «Gustavo», descansa al lado de hermanos y su padre en aquel cementerio de su pueblo.
Luego llegó Doña Patrocinia, procedente de Estados Unidos; fue informada de todo lo ocurrido; alguna gestión última fue hecha como lo fue el apoyarle para comprar algunos electrodomésticos que le harían mas fácil la condición de vida en aquel pueblo. Después de aquello nos despedimos de ella y del lugar.
Nota:
Las fotografías que acompañan este breve relato sirven el propósito de ilustración. Fueron tomadas el Día de los Difuntos en el año 2015.
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BRAZ: Brigada Rafael Arce Zablah.
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