El Fascismo en Pocas Palabras



Fascismo es uno de los términos más trillados del vocabulario en el mundo del folclor político; tanto que su significado real ahora parece confuso para muchos, cuando no totalmente desconocido para las amplias masas. Pero desde el mismo periodo de su surgimiento y posterior establecimiento como corriente de pensamiento político, el fascismo fue claramente explicado por sus más prominentes abanderados o fundadores, amén de las particularidades que adoptó en aquellos países en donde se ha implementado su experimento.

Pese a esta percibida confusión o desconocimiento, se puede asegurar que a nivel popular se comprende que el fascismo está relacionado con todo movimiento político derechista que propugna por establecer una forma de gobierno dictatorial y represiva. Aunque esta sería una definición apropiada para las tendencias decrépitas de la extrema derecha autoritaria, no alcanza para explicar el fascismo, cuyo surgimiento fue una total novedad en Europa, e implica un rompimiento con todo lo conocido anteriormente en lo que a movimientos político-sociales se refiere.

El fascismo fue en su momento una corriente revolucionaria de tipo totalitaria tendiente a subvertir el orden establecido con el propósito de implantar una organización jerárquica de la sociedad; se expresa en un antihumanismo que detesta las proposiciones de igualdad entre las personas y sacrifica los derechos del individuo por los de la colectividad nacional. El diccionario, con sus limitantes de concisión y espacio, pero con precisión, lo define como un movimiento político y social de carácter totalitario que se desarrolló en Italia en la primera mitad del siglo XX, y que se caracterizaba por el corporativismo y la exaltación nacionalista.

Sin ninguna duda, no hay nadie más autorizado para explicar lo que fundamentalmente es el fascismo que su propio dilucidador, al menos en su versión italiana (que es de donde se desprenden las demás variantes), el Duce, hijo de un herrero, maestro de escuela, exmilitante a nivel direccional del Partido Socialista de Italia, Benito Amílcar Andrea Mussolini:

«Para el fascismo, el mundo no es este mundo material que aparece en la superficie, en el que el hombre es un individuo separado de todos los demás hombres, solo y sujeto a una ley natural que lo impulsa instintivamente a llevar una vida de placer momentáneo y egoísta. En el fascismo, el hombre es un individuo que es la nación y el país. Él es esto por una ley moral que abarca y une a los individuos y generaciones en una tradición y misión establecidas; una ley moral que suprime el instinto de llevar una vida confinada a un breve ciclo de placer para —en cambio— reemplazarla dentro de la órbita del deber en una concepción superior de la vida, libre de los límites del tiempo y el espacio, una vida en la que el individuo por auto abnegación y por el sacrificio de sus intereses particulares, incluyendo la muerte, realiza la existencia completamente espiritual en la que su valor como un hombre consiste.

La concepción fascista anti-individualista es para el estado; para el individuo solo es en la medida en que coincide con el estado, conciencia universal y voluntad del hombre en su existencia histórica. El liberalismo negó al estado en interés del individuo en particular; el fascismo reafirma el estado como la única expresión verdadera del individuo. Y si la libertad ha de ser el atributo del hombre real, y no del espantapájaros inventado por el liberalismo individualista, entonces el fascismo está por la libertad. Está por el único tipo de libertad que es seria: la libertad del estado y del individuo en el estado. Porque, para los fascistas, todo está contenido en el estado y no existe nada espiritual o humano, mucho menos tiene ningún valor, fuera del estado. A este respecto, el fascismo es un concepto totalizante, y el estado fascista (unificación y síntesis de cada valor), interpreta, desarrolla y potencia la vida entera de la gente.

El estado no es simplemente ni el número ni la suma de individuos que forman la mayoría de un pueblo. El fascismo por esta razón se opone a la democracia que identifica a los pueblos con el mayor número de individuos y los reduce a un nivel mayoritario. Pero si las personas son concebidas, como deberían ser, cualitativa y no cuantitativamente, entonces el fascismo es la democracia en su forma más pura. La concepción cualitativa es la forma más coherente y más verdadera y, por lo tanto, es la más moral, porque ve a un pueblo realizado en la conciencia y la voluntad de los pocos o incluso de uno solo; un ideal que se mueve a su realización en la conciencia y la voluntad de todos.

El fascismo, en resumen, no es solo un legislador y fundador de instituciones, sino también un educador y promotor de la vida espiritual. Su objetivo es reconstruir no las formas de la vida humana, sino su contenido, el hombre, el carácter, la fe. Y para este fin, exige la disciplina y una autoridad que desciende y domina el interior del espíritu sin oposición. Su emblema, por lo tanto, son las fasces lictorianas, símbolo de la unidad, de la fuerza y de la justicia.

En lo que respecta al futuro en general y al desarrollo de la humanidad, y aparte de cualquier mera consideración de la política actual, el fascismo sobre todo no cree ni en la posibilidad ni en la utilidad de la paz universal. Por lo tanto, rechaza el pacifismo que enmascara la rendición y la cobardía. Solo la guerra libera todas las energías humanas a su mayor tensión y establece un sello de nobleza en los pueblos que tienen la virtud para enfrentarla. Todas las demás pruebas no son más que sustitutos que nunca hacen que un hombre se enfrente a sí mismo en la alternativa de la vida o la muerte. Por lo tanto, una doctrina que tiene su punto de partida en el postulado perjudicial de la paz es extraña al fascismo».

De acuerdo con la semántica, la palabra fascismo tiene su raíz en el italiano fascio, que literalmente designa a un haz o gavilla. La palabra evocaba, más remotamente, el latín fasces, un haz de varas con un hacha encajada que se llevaba delante de los magistrados en las procesiones públicas romanas para indicar la autoridad y la unidad del estado. Antes de 1914, el simbolismo de los fasces romanos se lo había apropiado la izquierda.

Oficialmente el fascismo nació en Milán el domingo 23 de marzo de 1919. Ese día, poco más de un centenar de personas, entre las que se incluían veteranos de guerra, sindicalistas e intelectuales futuristas (y algunos periodistas y curiosos), se reunieron en el salón de actos de la Alianza Comercial e Industrial de Milán, que domina la Plaza del Santo Sepulcro, para «declarar la guerra al socialismo...», porque se había opuesto al nacionalismo.

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