De «Las Historias Prohibidas del Pulgarcito»


Sobre héroes y tumbas


«San Salvador, 5 de mayo de 1884.


Sr. Presidente de la Honorable
Junta de Caridad de San Salvador.
Presente.

Apreciable Señor:

    Honrado por el Supremo Gobierno con el nombramiento de Conciliario de la Junta de Caridad y, por ésta, con el de Administrador General del Cementerio, paso a darle el siguiente informe sobre los trabajos emprendidos desde el 19 de marzo del corriente año hasta la fecha.

    Siendo insuficiente la localidad que ocupaba el cementerio lo puse en conocimiento de Ud. para que me autorizara a proceder a la compra de un terreno. Encontró Ud. justa mi indicación y la compra se verificó.

    También hacía falta un terreno para el repasto de los bueyes del cementerio y la compra de él consta en la misma escritura. He rectificado las medidas de varios mausoleos, resultando que algunos de ellos ocupan más terreno del que sus dueños han comprado lo que me ha dado lugar a reclamar a cada uno el valor del terreno ocupado indebidamente; algunos han pagado ya y otros esperan sin duda a que se les obligue. Estoy publicando las listas de los difuntos enterrados en fábrica media que han cumplido los cinco años que la ley les concede, para que los deudos procedan a rescatar los sepulcros sin cuyo requisito se exhumarán para trasladarlos al osario general.

    Se han podado todas las alamedas y jardines, extirpando de ellas algunas plantas que a mi juicio no deben figurar en un cementerio, como: tunas, plátanos, cujinicuiles, zacates, mangos, etc. Se está pintando y adornando con un jardín el mausoleo del General don Francisco Morazán. Se están preparando almácigos de eucaliptos, cipreses, sauces y otras plantas de adornos para las alamedas del nuevo terreno.

    Con fecha dos de abril próximo pasado un tal José Cañas, del Barrio de Candelaria, se presentó a la Tesorería del Cementerio solicitando una boleta para dar sepultura al cadáver de Tomás Rosales, de 5 años de edad, muerto de viruela, y cuyo cadáver no ha llegado aún al cementerio. He dado parte de este hecho al señor Director de la Policía Reformada, pero toda averiguación por parte de este funcionario ha sido en vano, lo que me induce a creer que el tal José Cañas es un nombre postizo. Creo, señor Presidente, que la Ley de Cementerios es algo deficiente en lo que toca al modo de solicitar boletas. Para darle otra prueba de los abusos que la citada Ley no tiene previstos, he aquí otro hecho. Una tarde llegó un muerto cuyo ataúd no medía un metro. Pido que se me presente la boleta y con sorpresa leo en ella lo siguiente: Ciriaca Hernández, de 15 años de edad. En el momento doy orden de suspender el enterramiento del cadáver para averiguar si aquello de la boleta fuera una equivocación o un hecho premeditado para encubrir algún crimen. Uno de los presentes me dice que ni el hombre ni la edad están de acuerdo con la verdad, pues la difunta se llamaba Luisa y tenía meses de edad. Pedí informes al Sr. Tesorero sobre la persona que había solicitado dicha boleta y pude averiguar que había sido un individuo en completo estado de alegría.

    Sería también de desear que la autoridad respectiva ponga siquiera dos policías para celar el orden en el cementerio, pues la costumbre de llevar muertos con acompañamiento de música, cohetes y botellas, hace de la morada de los difuntos un lugar de reunión de ebrios y por consiguiente de desórdenes. ¡Ojalá, Sr. Presidente, que algún día puedan desterrarse de entre nosotros esas costumbres que revelan el poco respeto que tenemos a nuestros mayores! Mientras, sírvase aceptar los sentimientos de alta consideración con que me suscribo su atento y seguro servidor.

Juan Aberle, Director».

Tomado de:

Las historias prohibidas del pulgarcito, Roque Dalton, 1974.

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